Factory girls. Voices from the heart of Modern ChinaCuando se encuentran dos jóvenes trabajadoras de fábricas de las ciudades chinas de la inmigración, lo primero que se preguntan es “¿De qué año eres”,  y luego “¿Cuánto ganas al mes? ¿Con qué horario? ¿Incluye cama y comida?”. A veces se interesan por la procedencia, pero casi nunca por el nombre. Así empieza el libro: Factory girls. Voices from the heart of Modern China (Picador, 2009, primera edición, edición actualizada 2010), de Leslie T. Chang, una americana de origen familiar chino, corresponsal del Wall Street Journal en Beijing que desde 2006 ha pasado muchos meses tratando de encontrar relación con mujeres inmigrantes en  Dongguan, una de las grandes “ciudades instantáneas” de la conurbación del Río Perla al sur de China.  Compré el libro en el aeropuerto de Shanghai ,  para tratar de dar respuesta a las preguntas que se formuló en alto Violeta Demonte durante  nuestro viaje al este de China: “¿Y todas estas personas sin identidad?¿Y estas ciudades solo del presente, tan llenas de gente y tan vacías de personalidad? ” . [Factory Girls]

El libro es el apasionante y estremecedor relato de la vida de chicas muy jóvenes (desde los 16 años hasta poco más de los 30), que trabajan unas sesenta horas a la semana en las cadenas de producción, de las terribles condiciones de la vida en las fábricas, donde comen y duermen, de la de veces que cambian de trabajo en una ciudad en la que no conocen realmente a nadie. La explicación sobre el comportamiento de los padres, que las han dejado ir es dura: los padres siempre son un obstáculo para ellas, primero se lo quieren impedir, les ponen dificultades, después, cuando ya están allí,  les piden que manden cada vez más y más dinero. Lo que las mantiene en la ciudad (en primera o segunda vuelta) no es tanto la ilusión como el orgullo: tienen que resistir: todas ellas viven la existencia como un continuo presente, aparentemente liberador, siempre sacrificado. Se acostumbran a regir sus comportamientos por eslóganes y pautas de conducta de la sociedad del instante: “morir pobre es un pecado”, “cambia pronto o será demasiado tarde”, “si vuelves atrás es como si no hubieras venido”, “si te pareces a alguien de clase superior te convertirás en  esa persona”. Todo lo que hacen les lleva a aprender a venderse laboralmente a sí mismas/os sin demasiados escrúpulos, a construirse una autoconfianza con pies de barro, a tratar de manejar su camino hacia el éxito, que siempre parece pasar por aprender inglés: “si no aprendo inglés siempre tendré límites.” Como le dijo a Leslie una de sus interlocutoras, ”no acabo de saber inglés, pero sueño en esta lengua”.

Chang explica las razones que la llevaron a Dongguan como objeto de sus pesquisas. Se trata de una macrociudad de la conurbación del Río de la Perla, ciudad-prefectura formada por otros 32 ciudades sub-prefecturales especializadas en diferentes tipos de producción, y cuyo extraordinario crecimiento en los últimos veinte años se explica, primero, porque fue allí donde una compañía de Hongkong instaló su primera fábrica en China, y, segundo,  por su encontrarse a menos de cien kilómetros de Guandzhou, la antiguo Cantón y Shenzhen, símbolo de la nueva libertad económica china. Dongguan empezó por acoger  lo que las demás ciudades no querían, lo menos tecnológico (juguetes, ropa, zapatos), lo que necesita más suelo y más mano de obra. Solo a partir de los años noventa acudió la alta tecnología, en particular la electrónica. Es una ciudad de magnitudes desconocidas, con más de 22.000 fábricas, algunas de más de 70 % de empleo femenino, con una población probablemente de más de diez millones de habitantes y que a veces  ha crecido a razón de un millón por año, aunque las cifras oficiales sigan dando menos de dos millones de residentes y seis millones de inmigrantes, no residentes o flotantes. Una ciudad que dice querer dar  “un gran paso adelante cada año, [para lograr ser] una gran ciudad en cinco”, lema.  [Población] . Leslie Chang no puede ser más elocuente: “Me acabé aficionando a Dongguan que parecía realmente la manifestación más perversa de la China más extrema. Materialismo, ruina ambiental, corrupción, tráfico, contaminación, ruido, prostitución, mala conducción, ideas a corto plazo, estrés, enorme esfuerzo para todo, caos. Si consigues estar allí, puedes estar en cualquier otra  del mundo […] Dongguan es invisible para el mundo exterior […] Dongguan es un lugar sin memoria”. Mucho tiene que  hacer para que sea verosímil du eslogan:” livable Dongguan”. [Livable Dongguan] 

La autora tardó meses en conseguir su propósito, en relacionarse con inmigrantes, hasta que conoció a las protagonistas del libro, Lu Qiingmin y Wu Chunming, la primera más joven que la segunda, pero ambas habían llegado antes de los veinte años, solas, (“No había nada que hacer en casa, por eso me fui”), solo con estudios primarios. Min tiene 18 años, trabaja en la fábrica Yue Yuen con capital taiwanés, la mayor fábrica de calzado deportivo  del mundo (Nike, Adidas, Reebook, Thumberland), con 70.000 empleados, o mejor dicho empleadas porque son en un 80 % mujeres de 18 a 25 años, al ritmo de 11 horas diarias y domingos libres, en líneas de producción (cosido de zapatos cuyas piezas vienen de fuera) establecidas por provincias chinas para que hablen el mimo dialecto (el cantonés es particularmente difícil), en dormitorios de diez literas;  pero  es una empresa que ofrece estabilidad, salario puntual y promoción, lo que no es habitual y lo que tampoco impide que cambien de lugar: Min había cambiado cuatro veces de empresa en cuatro años. Chunming está, en cambio, en la treintena, ya lleva trece años fuera de su casa, ha estado en siete ciudades y vivido en 17 casas. Chang advierte las diferencias de percepción de la ciudad entre ella misma y sus amigas: a ella todas las ciudades de Dongguan le parecían igual, fábricas, más fábricas, portalones metálicos, restoranes barato, la misma construcción por todas partes. Para ellas, en cambio, en cada ciudad ven la oportunidad de un trabajo mejor: “Su mapa mental está trazado con todos los recorridos de autobús que han hecho en busca de una vida mejor”.

En estos lugares en donde las chicas no conocen a nadie, más que a las de su línea de producción o su dormitorio, en donde viven en movimiento perpetuo, el móvil, que siempre es su primera inversión, representa su norte magnético, lo que las fija en un lugar. En él están todos sus contactos, incluso los teléfonos de extraños, al contrario de lo que pasaba en su anterior vida rural donde la comunidad era cerrada y todos se conocían. “Cuando Min perdió su teléfono, o cuando se lo robaron, perdió todas sus relaciones, estaba sola de nuevo. “ Por lo que el móvil se convierte, dice Chang, en metáfora de la vida urbana, y las chicas, las inmigrantes, acaban hablando en términos de móviles, necesito recargarme, tengo que ponerme al día, descargarme una nueva versión, “upgrading myself”.

Con todo, en China, no se puede hablar de la vida urbana sin tener en cuenta la rural. Y uno de los aciertos del libro es que la autora acompañe a Min a su pueblo en la lejana provincia de Henan durante las vacaciones del año nuevo lunar, cuando los varios centenares de millones de inmigrantes vuelven a su hogar. Allí tienen a sus padres, a sus hermanos, porque el mundo rural se podía escapar mejor a la vigilancia del único hijo, a todo el resto de su familia. Pero, de vuelta de la ciudad,  ya no pueden soportar ni la autoridad paterna en la forma de antes, ni sobre todo el vivir en comunidad, el hacerlo todo todos juntos. “La casa de una está bien, concluye Min, pero no se puede estar en ella más de dos días”.

Otra cosa reproduce Leslie Chang con mucho éxito, la obsesión por el modelo occidental de comportamiento, por la promoción personal, por cómo manejar el camino hacia el éxito, que pasa, ya lo he dicho, siempre por hablar en inglés que ha venido a sustituir al prestigio tradicional de manejar la caligrafía. Las ciudades como Dongguan se llenan de academias de inglés de dudosa competencia, de centros para aprender a comportarse y mejorar, en las que circulan libros de autoayuda de la peor índole,  en los que se constata, con pavor, siempre lo mismo: el mejor comportamiento nunca es la honestidad, sino más bien la falta de escrúpulos, el dar rienda suelta a la competitividad sin escrúpulos.

“En todo el tiempo que las traté, escribe Chang, las chicas inmigrantes nunca me pidieron ayuda, y rara vez un consejo. La vida es algo a lo que una se tiene que enfrentar sola como me dijeron desde el primer momento. ‘Solo puedo contar conmigo misma’”. La americana y las chinas se trataron y acabaron teniéndose afecto. Leslie admira de ellas su tenacidad, su resistencia, su voluntad continua de cambiar su vida.

¿Son realmente tan diferentes estas Factory Girls de Dongguan? ¿Los cambios tan rápidos las hacen más desarraigadas que a otros inmigrantes de otros sitios y de otros  tiempos? No parece. Las motivaciones siguen siendo las mismas. Lo que es excepcional en China es la magnitud del fenómeno, el estrechamiento del espacio, el aceleramiento del cambio, quizá la dureza de las condiciones de trabajo. Una de las profesionales amigas de Leslie Chang, cuando lee el testimonio de Min, acaba notando que no hay tanta diferencia con su propia experiencia y con la de sus amigas.

Dongguan

Yo no tengo ninguna experiencia personal de la inmigración. Pero cuando recuerdo a las chicas que venían a Madrid para el servicio doméstico en los años sesenta o setenta del siglo pasado, cuando pienso en las grandes migraciones a la ciudad y en el abandono de los campos por los jóvenes, pienso que a lo mejor aquellas experiencias supusieron un cambio tan radical como estas. Un enorme sufrimiento y un no menos enorme empeño.

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