El 7 de septiembre pasado murió Elena Arnedo Soriano, mi amiga de siempre. El 26 de septiembre sus compañeros/as y amigos/as del PSOE le dedicaron un homenaje memorable.

El 9 de octubre tuvo lugar un emocionante homenaje  organizado por su marido Fernando de Terán Troyano en la Real Academia de Bellas Artes. Y, finalmente, el 10 de noviembre 2015 se celebró una sesión sobre “Feminismo e igualdad, del siglo XX al XXI” organizado por el Instituto Universitario de Estudios de la Mujer de la UAM.

Como me dijo al final de este acto su prima Irene Echevarría, nos parece oír a Elena diciendo: “Estáis tontos, ¿a qué vienen tantos homenajes?”. Quizá sí, quizá estemos tontos. Pero la secuencia y el contenido de estos homenajes es muestra de la importancia de Elena como mujer, médica y feminista que ayudó de forma decisiva a la igualdad y la salud de la mujer, como escritora,  y muy particularmente como amiga.

Reproduzco aquí las palabras que yo pronuncié en el acto de la Academia, junto con las muy lúcidas de Violeta Demonte y Pilar Pérez Cantó, organizadoras, con mi ayuda, del acto de la Corrala.

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Me pide Fernando Terán que hable aquí de Elena Arnedo, y para que comprendan la dificultad que me supone y la emoción que me embarga, les diré que Elena y yo fuimos amigas íntimas durante sesenta años, desde el colegio, y que lo hemos sido sin interrupción, sin un roce. Éramos lo que ella llamó en su libro “amigas del alma, de esas que lo comparten todo, que se cuentan todo incluso lo que no se dicen ni a sí mismas y las cosas se hacían explícitas porque las hablábamos”.

Quiero señalar algunas de las muchas cualidades de Elena, en relación con nuestra larga y venturosa historia de amistad. Quizá lo primero que debo apuntar, porque es lo primero que se me hizo evidente, además de su encanto, es su gran cultura. Elena era muy culta, lo sabemos todos, pero lo era de forma natural, sin ninguna pedantería ni impostación, como si lo fuera de forma innata. Ya lo era de niña, lectora voraz, decía su madre, que la educó en la lectura. He contado recientemente, a propósito de nuestro encuentro en el Liceo Francés, a los trece años, que me abrió los ojos, por un lado,  a un mundo literario para mí todavía desconocido, y por otro, y sobre todo a una mayor turbulencia anímica, hablándome con toda naturalidad, recuerdo, de las Nourritures terrestres de André Gide, con su famosa exclamación de Familles, je vous hais: no se refería a su familia, claro, sino al rechazo de las familias que se cierran sobre sí mismas , que guardan celosamente sus egoísmos y su supuesta felicidad. Aquello que explicaba Gide: foyers clos, portes refermées, et posessions jalouses du bonheur.

Otro ejemplo, hace quince años, cuando preparó la edición (precedida de una magnífica introducción) del libro póstumo de su madre, Elena Soriano, sobre el donjuanismo femenino, un libro de inmensa erudición, que Elena pudo hacer porque tenía facultades para ello: un libro que rastrea en la literatura para encontrar el émulo del masculino donjuán, y la imposibilidad de hallarlo, debido a dónde se ha situado a lo largo de nuestra historia el concepto del “honor” y el acto de la “deshonra”.

Elena Arnedo

Elena en Sevilla la Nueva (Madrid). 1972. Foto José Martínez Sarandeses

Elena era también toda bondad y generosidad, siempre dispuesta a escuchar y a acudir en ayuda de los demás. Para mi hijos, me lo han repetido estos días, la persona más buena que han conocido. Me es obligado hablar de la absoluta entrega con la que mi amiga se dedicó a cuidarme, junto a mis hijos y mis hermanas, en la larga estancia hospitalaria a la que me vi sometida hace año y medio. Pero puedo recordar muchas otras circunstancias. En los años setenta después de la muerte de Franco, cuando con apenas treinta y cuatro años, a mi marido, José Martínez Sarandeses, le dijo un cardiólogo que se tenía que cambiar las válvulas del corazón, operación entonces mucho más insegura que ahora, Elena  se ocupó de que le recibiera para una segunda opinión su amigo y maestro, Pedro Zarco. Y le acompañó una tarde a la consulta. Con tanta entrega que se retrasó en llegar a la cena, a la importante cena, que aquella noche tenía en su casa, de la que ella era la anfitriona: y así, cuando llegó a casa, se encontró a la empleada del hogar su Encarnita, que decíamos entonces, muy alarmada: señora, señora, hay un señor muy enfadado porque no se sirve la cena. Se trataba nada menos que de la ocasión en que un joven Felipe González, nuevo secretario general del PSOE, estaba siendo presentado a Fraga, entonces ministro del interior del primer gobierno de la monarquía, una cena en casa de los Boyer. Y el hombre intranquilo y hambriento era naturalmente don Manuel. No puedo seguir con la multitud de anécdotas que aquella cena suscitó en su parte logística, también en la política, pero Elena las contaba de forma muy divertida.

Uno de los rasgos más llamativos y extraordinarios de Elena, que tuvo a lo largo de toda su vida fue su capacidad de “amigar”, de hacer que los que eran sus amigos, su amigas sobre todo, se hicieran amigos y amigas entre sí. Muchas amigas de Elena, de distintas procedencia y ocupaciones, de distintas etapas, nos hemos hecho amigas entre nosotras, nos entrecruzamos, nos encontramos, compartimos complicidades que nacen de ella. Familiares, conocidos, los amigos y amigas políticos, amigos de sus distintas tertulias (está la Tertulia por antonomasia, la que inició Manolo Castells, su tertulia literaria con sus amigas aquí presentes, entre ellas Carlota, también la de Bellas Artes), sus compañeros de viajes, sus íntimos … No sé si ella era consciente de ese don suyo de amigar, lo que sí sabía bien era el valor de la amistad entre mujeres. Dejó escrito que la amistad es más que una terapia: “[las amigas] [s]uavizan nuestro mundo interior tumultuoso, colman los vacíos emocionales de (nuestra familias) y nos ayudan a recordar quiénes somos de verdad” dice en su libro sobre la menopausia. Y añade con sentido del humor e información autorizada, que no tener amigos es más perjudicial para la salud que el sobrepeso y el tabaco. Son innumerables las amigas de Elena, dotada como digo de ese don de la amistad. Son innumerables las llamadas que he recibido (y que he hecho) estas semanas de amigas que con la llamada buscaban (buscábamos) acallar nuestro desasosiego y nuestra pena por la falta de Elena.

No tengo yo autoridad para hablar de su capacidad profesional. Lo van a hacer Esmeralda Lorenzo y Eduardo García del Real, sus compañeros médicos. Pero como amiga íntima, como persona cercana, como madre, que ha recurrido tantísimas veces a ella como médico, y haciéndome eco de lo que me dicen muchos amigos, puedo atestiguar de su disponibilidad, su competencia, su buen criterio, su anticipación diagnóstica, quizá para todos menos para sí misma. Renunció, lo sabemos, a una carrera hospitalaria, de turnos más exigentes, por dar prioridad a su vida familiar,  se convirtió entonces en ginecóloga especialista en radiología femenina: y ha diagnosticado e infundido tranquilidad a centenares de mujeres que hemos pasado por las clínicas del doctor Minaya y del doctor García del Real. Implicándose, involucrándose, en el diagnóstico de sus pacientes y de sus amigas. Cuenta la propia Elena en su segundo libro cuánto le iba costando con el paso de los años esa repetición cotidiana del diagnóstico, cada vez más expuesto a la malignidad, la forma en que las pacientes vigilábamos ansiosas su expresión mientras hacía la ecografía buscando confirmar en su rostro que no pasaba nada, o a la inversa, signos de inquietud. Elena se pasó la vida ayudándonos a las mujeres a tratar de vencer nuestros miedos, o, cuando estos estaban justificados, ayudándonos a sobrellevarlos, a marcar el camino sobre cómo proceder. Y lo hizo sin hipocresía, sabiendo que era más fácil y menos comprometido sobrediagnosticar, como hacen algunos, que estar segura. En eso también Elena ha sido escrupulosamente honesta.

Elena ha dedicado su vida profesional y su vida como militante feminista, su vida en sociedad, en suma  toda su vida, a muchos aspectos clave de la salud femenina. Hablarán de ello mis compañeros de mesa. La interrupción voluntaria del embarazo, la planificación familiar, la prevención del cáncer de mama y de útero, la despenalización del aborto. Leídos hoy sus libros más personales, Desbordadas (esa reflexión personal sobre la difícil compatibilidad para las mujeres de nuestra generación, entre la vida familiar y el trabajo) y La picadura del tábano (la extraordinaria metáfora de base etimológica sobre el menosprecio social de la menopausia, y el abuso de los tratamientos hormonales sustitutivos) son una forma de ocuparse de las mujeres al compás de su propia evolución personal. Además lo escribió muy bien, Elena siempre escribió muy bien. Lo hacía ya en aquellas “redacciones” y “disertaciones” que nos hacían hacer en el Liceo. Tan bien que ganó el Premio general de los Liceos y Colegios de Francia, cuanto tenía 16 años. Lo hizo siempre,  huyendo como dejó escrito, del “lenguaje contaminado por la horrible jerga de los políticos”.

Elena y yo hemos viajado juntas mucho, en viajes más cortos o más largos, a veces a lugares remotos. Con amigos y compañeros, Egipto, en un viaje memorable por muchas razones que organizó Paloma Varela, en enero 1983, cuando acababa de formarse el primer gobierno socialista; a diversas regiones de la India, Bhutan y Nepal con geógrafos, liderados por la añorada Roser Majoral; solas o con amigas e hija, por toda California, por Méjico, por sus maravillosas ciudades coloniales, en ese caso nosotras dos solas en un alocado viaje en coche alquilado; y por Chile, ese país “chorizo”, como dicen ellos, hasta las mismas Torres del Payne: inolvidable. Y más tarde, a Mesopotamia, las cunas de la civilización, Siria, Líbano, Libia, también Turquía, en este caso con los muchos amigos de la Sociedad Geográfica Española. Ella también a Uzbekistán, donde no fui yo. También con la SGE a los magníficos paisajes volcánicos y glaciares islandeses. Me gusta recordar lo que disfrutaba Elena en los viajes (solo protestaba un poco por lo vuelos a primeras horas y entonces me regañaba a mí, por cierto), y la curiosidad y el entusiasmo con los que viajaba. Tengo que señalar también su compromiso intelectual, ético y cultural con los lugares y con la gente.

Elena Arnedo

Con Isabel Pedrero, Josefina Gómez e Inés Martínez en la selva valdiviana (Chile) 1999. Foto Concepción Sanz Herráiz

Elena tenía un aptitud sobresaliente, que yo definiría como un capacidad de “mimetización cultural”: por distinto que fuera el medio cultural;  nada más llegar, se mimetizaba con él, se transfiguraba. Sobre todo en los países de culturas muy distintas. Recuerdo con particular emoción la clase previa de nuestro profesor, Manel Forcano, creo que en un hotel de la hoy arrasada ciudad de Latakia, en Siria, cuando nos introdujo en la civilización que íbamos a ver en Ugarit;  o también el entusiasmo de Elena en la Libia de Ghadaffi,  cuando le dio, mitad por diversión mitad por provocación, por encontrar virtudes en el Libro Verde del Coronel. Creo que nadie de los que formábamos parte de lo que el guía vocalizaba siempre a nuestros oídos como “el Grubo”, olvidaremos, que llegados al desierto y ya en contacto con los tuaregs, en el festival de Ghadamès, Elena decidió manifestarse de forma muy expresiva, allí donde la animadversión hacia los occidentales era latente. En plena representación folclórica, venían hacia nosotras niñas bailando, Elena levantaba los brazos mientras Manel gritaba: “Elena, por Dios, que pueden ser niñas pompa”, niñas bomba, mientras los demás conteníamos la risa y un cierto repelús. En la cena final de aquel viaje, Elena mostró una vez más su gran dominio de la mitología griega (y de todos los panteones anteriores que llevábamos aprendidos) asimilándonos a todos y cada uno con algún dios o héroe.

Elena Arnedo

A la salida de una mezquita, Tripoli. 2005. Foto Nenuca Conejo

Quiero terminar dando testimonio del enorme valor, la admirable entereza con que Elena se enfrentó a la fulminante enfermedad que se la ha llevado. Más entereza que la de los que la cuidábamos, al menos que yo, con valor para consolarme en alguna ocasión. Durante varias semanas, con el diagnóstico hecho, logró seguir leyendo, hablando, escuchando música, haciendo crucigramas. En los primeros días, en el hospital, leyó el pequeño libro de una antropóloga titulado Le sel de la vie, que recoge ese pequeño plus que nos ha hecho disfrutar las cosas aparentemente triviales y las sensaciones más pequeñas. Y lo aplicó hasta el final, con la comida, con los olores, las flores, sobre todo en los gestos de cariño; “ya ves, me decía, rascando el sel de la vie que me quede”; se mostraba en particular agradecida con los cuidados que le prestaban las enfermeras, porque decía que no estaba muy acostumbrada a ellos.  Fue capaz de ver con fascinación y acompañada por Fernando todas las temporadas de la serie televisiva Borgen, el parlamento danés. Se identificaba con la  protagonista, la primera ministra Birgitte Nyborg. Salvo que “yo, me escribió entonces, no he tenido nunca ambición de poder”. Estos días estoy viendo yo la serie, casi con reverencia.

Guardo de aquellos días una correspondencia de whatsapp estremecedora. Permítanme resumir la personalidad de Elena, tan maravillosa, tan compleja, y quizá algo contradictoria, con uno de esos whatsapp. “He dormido bien hasta las cuatro”, me escribió un día al amanecer; y añadía, “luego flotando, la levedad del ser”. A lo que yo contesté también con frase de Kundera que no se por qué acababa de leer: “Ánimo. Lo de ellos no era amor, era eternidad”. Y ella replicó de inmediato: “Está bien eso. ¿De quién es?” Pero sin solución de continuidad en el mismo whatsapp añadía: “oye, que no se te olvide comprar el jamón de york, el pan bimbo, el queso” y otras cosas más. ¿Desbordadas? O entrañablemente concernidas. Esa era Elena, y yo la añoro.

Pocos días antes del final, me llamó también muy pronto y me dijo con cierta dificultad pero sin equivocarse. “Te voy a decir un poema”. Era L’invitation au voyage”, de Baudelaire, el que tantas veces hemos repetido y compartido:

Mon enfant, ma soeur

Songe à la douceur

D’aller là-bas

Vivre ensemble

Aimer et mourir

Aimer à loisir

Au pays qui te resemble

[…]

Là tout n’est qu’ordre et beauté

Luxe, calme et volupté.

Ahí estás, Elena, en tu viaje. Orden, belleza, lujo, calma y voluptuosidad

Elena Arnedo

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