El señor Cayo, el del disputado voto de la novela de Miguel Delibes (de la que luego se rodó una película protagonizada por el gran Francisco Rabal) dice comparando su pueblo con las Hurdes: todo el mundo habla de las Hurdes pero nadie ha estado en ellas. En mi post anterior sobre las Hurdes, dije que queríamos “revisitarlas”  con las colegas francesas que habían propiciado el texto sobre Legendre y las Hurdes para su libro Géographes hors les murs, Marie-Claire Robic, del CNRS, y Micheline Roumégous.

Queríamos recorrerlas con la mirada algo más experta y la información de las representaciones culturales del siglo XX. Fuimos, en efecto, Concepción Sanz y yo con esas amigas a finales de junio de este año;  fue un viaje espléndido, por muchas cosas, una vegetación exuberante en ese principio de verano después de unas lluvias oportunas, días largos de tardes de luz maravillosa, carreteras imposibles por lo sinuosas en los portillos de acceso, pero también bellísimas por los cambios de paisaje que propiciaban, hoteles cómodos y comidas estupendas, a veces excesivas, cerezos cargados de fruta, siempre tentadores. Y, sobre todo, la curiosidad de geógrafas, mil kilómetros de recorrido sin perdonar una etapa, disfrutando cada momento y cada paisaje, discutiendo de la vegetación y de las equivalencias de vocabulario en francés y en español, recordando lo que decían Legendre y Unamuno en los mismos sitios y cómo fue el paso por allí del rey Alfonso XIII en 1922 con Marañón y la comisión sanitaria, contrastando percepciones, representaciones, y expectativas, fotografiando como lo hacíamos antes, antes de los móviles: perspectivas, vistas medias, cercanas y detalles. También me dio por repetir un broma dirigida a nuestras amigas francesas, ante esa vegetación extraordinaria: “no volveréis a decir en Francia que España es un país sin vegetación”.

No dedicamos más de tres días, del 19 al 22 de junio pero fueron intensos. El primer día nos dio tiempo a llegar hasta La Alberca (con paradas en Ávila, Barco de Ávila, Piedrahita, Béjar y Miranda del Castañar) e incluso desde allí, como el día era largo,  a subir al monasterio de la Peña de Francia: disfrutamos viendo la silueta de ese sinclinal colgado que tanto me ilusionaba en la facultad por la facilidad de reconocerlo y de transmitirlo, tan perfecto que parecía un esquema de la muy cartesiana y estructural Geomorfología de Chardonnet. Había, eso sí, nubes de mosquitos en la cumbre,  también invadiendo la capilla de la Virgen negra, de la que Legendre era tan devoto que quiso que le enterraran allí. Magníficas panorámicas, con hitos bien señalados desde el mirador, casi 180º de horizonte; delante del monasterio y ahora del hotel, los lanchares de granito en los que se sentaron Unamuno, Legendre y Chevalier para contemplar, con la conocida metáfora del primero, el mar de piedras de Castilla: “esa desconocida España que conserva en el alma la primitividad del granito, que descansa y sueña”. Legendre callado, Chevalier declamando a  Leconte de Lisle, y Unamuno pensando en la ascensión del Obermann de Senancour.

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Camino de las Hurdes: Marie Claire Robic y Micheline Roumégous ante las murallas de Ávila
(foto C. Sanz)

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Un sinclinal colgado próximo a la culminación de la Peña de Francia (foto C. Sanz)

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El día siguiente fue nuestro día hurdano por excelencia. Tras visitar la Alberca y hacer las inevitables –por la ocasión- fotografías con el busto de Mauricio Legendre, subimos el intrincado portillo de las Batuecas que culmina a 1.240 m. Desde la cumbre ya se tiene una perspectiva de las alineaciones montañosas y valles muy encajados de las Hurdes, una imagen muy parecida a la del libro de Legendre y al fotograma del principio de la película de Buñuel (lo que con la voz grave de Rabal llama “el intrincado conjunto montañoso”), solo que más poblado (y repoblado), con más carreteras y líneas de tendido eléctrico que lo atraviesan. En la solana, al bajar, antes de entrar en Extremadura, paramos en el bellísimo valle de las Batuecas, que Buñuel quería para vivir y para morir. El camino está bien acondicionado junto al río [“Mi amado las montañas / los valles solitarios nemorosos / las ínsulas extrañas / los ríos sonorosos / el silbo de los aires amorosos”] y lo recorrimos hasta el monasterio carmelita, donde una placa reproduce algunos versos del Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz [“la noche sosegada /en par de los levantes de la aurora / la música callada / la soledad sonora /la cena que recrea y enamora”]. Hay además una curiosa referencia a Dostoievski que no supimos interpretar. Después, con un sol de misericordia, hasta Las Mestas, al hotel de las Hurdes Reales. En la recepción hay algunos libros sobre la zona y fotografías del viaje de Alfonso XIII, y del muy posterior de Juan Carlos I en 1998. Las empleadas se prestan amablemente a indicar qué rutas son las más aconsejables. Porque entre una y otra visita real, se han construido carreteras, repoblado laderas, inundado las tierras con la construcción del embalse de Gabriel y Galán, traído electricidad, agua, servicios, abierto escuelas y otros centros de enseñanza. Han aparecido también algunos negocios locales que comercializan productos locales.

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Mapa de Las Hurdes levantado por Maurice Legendre (1926)

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La Alberca: leyendo la inscripción del monumento al marrano de San Antón (foto C. Sanz)

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Roumégous, Robic y Gómez Mendoza delante de la escultura al marrano de La Alberca (foto C. Sanz)

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Vista de conjunto de las Hurdes con los valles encajados y lasa repoblaciones desde Portillo de las Batuecas (foto J. Gómez). “Un complejo conjunto montañoso” (Tierra sin pan)

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Camino del monasterio de las Batuecas por el maravilloso camino que
conduce a él.

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Fachada del monasterio de las Batuecas con los versos de San Juan de la Cruz

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Por la tarde de ese segundo día, recorrimos la carretera que sigue el río Hurdano pasando por Rubiaco, Nuñomoral (donde había nada menos que un asilo del Cotolengo), Fragosa, Martilandrán hasta el volcán del Gasco, (llamado así por el impacto de un meteorito) al que algunos ancianos pensaron con preocupación que queríamos subir, ¡a nuestra edad, y a esas horas! Al día siguiente volvimos a Madrid, recorriendo ahora la parte central de las Hurdes (nos quedamos sin ver la meridional por donde entraron Unamuno y Legendre en su segunda visita): Riomalo de Abajo, contemplando el precioso meandro del Melero en el río Alagón (“el meandro más bello de la Península”, dice el cartel que lo introduce), cerca ya del embalse, y luego Lagunilla, Gargantilla, y por Baños de Montemayor, lleno de gente, al fin Hervás, nuestro destino en ese momento. Este recorrido entra y sale de Cáceres a Salamanca y viceversa comprobándose por cierto las diferencias de señalización entre una comunidad y otra. Después de una comida exquisita,  visitamos la judería de Hervás, con interés por la recuperación del patrimonio sefardí y de la lengua ladina: nos impresionó el gran número de familias expulsadas. Ya en el camino de vuelta, el también temible y larguísimo puerto de Honduras (la CC 307) para caer en el valle del Jerte y atravesar el puerto de Tornavacas. La vuelta a Madrid se hizo larga y cansada, pero volvíamos silenciosas, colmadas de imágenes y pensamientos.

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Contemplando el valle encajado y sus meandros en el llamado Volcán del Gasco (foto C. Sanz)

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Delante del meandro del Melero en el río Alagón (Cáceres) (foto C. Sanz)

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Concepción Sanz en el mirador del Melero en el Alagón (foto J. Gómez)

Cuántas diferencias sin duda entre estas Hurdes y las que Legendre y Buñuel presentaron como paradigma de la miseria, por motivos distintos. Legendre porque, a fuerza de querer terminar con las leyendas literarias hurdanas, cayó en el determinismo geográfico del medio aislado y hostil. Buñuel para denunciar la miseria y el abandono sociales. Ahora hay carreteras, hay servicios, hay equipamientos, sobre todo no hay pobreza, y más que niños miserables sí una población muy envejecida. Y, sin embargo, y esta es mi tesis actual muchas cosas recuerdan el libro de Legendre, y por ende “Tierra sin pan”. Me explico.

Ya no es un mundo aislado pero qué orografía tan poderosa: todos los collados de acceso superan los mil metros y al sur de los pueblos que jalonan el río Hurdano, a poco más de 450 m el pico Arrobuey en la sierra del Horno culmina a 1.410 m. Los modestos ríos han excavado poderosamente su lecho y como le llamó la atención a don Mauricio no hay superficies llanas: se han tenido que construir penosamente en las laderas y todavía se reconocen los pequeños bancales de cultivo que describían con detalle el geógrafo y el cineasta, logrados con mucho esfuerzo, entonces para poner unas miserables huertas, ahora con los muretes de piedra en ruina. En Nuñomoral se ve incluso una pista de tenis instalada junto al  actual cauce del encajado río, ¿única superficie llana? Y aunque fue el perfil de techumbres de pizarras de Ladrillar, hundidos  en la vertiente pronunciada, el que el documental hizo famoso, también quedan esos tejados más o menos arruinados en otros pueblos como en Martilandrán.

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Meandros y bancales en el río Hurdano (fotos. J. Gómez)

Meandros y bancales en el río Hurdano (fotos. J. Gómez)

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Nuevos usos en el fondo de valle (foto J. Gómez)

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Puerto de Honduras camino del valle del Jerte (foto C. Sanz)

Mantiene Sergio del Molino, periodista y escritor, en el capítulo que llama “tribus no contactadas” de su libro La España vacía, que la película de Buñuel, treinta minutos angustiosos que mantienen al espectador sin aliento, no es en absoluto un documental, sino en todo caso una puesta en escena en escenarios naturales. Y efectivamente es así, el de Buñuel es un falso documental, no son verdad los sucesos truculentos filmados, pero no lo son porque no ocurrieron al paso de la cámara, estaban escenificados. Sabido es que a Marañón le desagradó que Buñuel solo mostrara “el lado feo” de las Hurdes, como también es sabido que paradójicamente las fotos incluidas en el libro de Legendre, inspiraron fielmente la película.

Del Molino añade otros hechos, sin duda atrevidos pero muy sugerentes: al contexto de la época, al surrealismo de Buñuel, a la influencia que sin duda tiene en él también el realismo español al modo Zurbarán, habría que añadir la afición del momento a lo exótico en películas de paraísos perdidos, empezando por las propias de Tarzán; pero también la moda de películas negras y de truculencia morbosa tipo Freaks o los crímenes de la Calle Morgue.

Ya dijo Unamuno que no era para tanto, que los hurdanos serían pobres pero que desde luego no eran salvajes. En lo que coinciden todos los que de las Hurdes se han ocupado en la larga genealogía de textos del siglo pasado, Legendre, Marañón, Buñuel, y muchos posteriores, es en que las Hurdes son (o han sido convertidas en) a la vez metáfora y sinécdoque de España: salvarlas, redimirlas, era salvar, redimir a España. Lo que le permite a Sergio Del Molino llevar su interpretación más lejos. El régimen franquista tendió a convertir a las Hurdes en uno de los paradigmas de los éxitos del desarrollo. En 1964, siendo ministro Fraga Iribarne, se escribió un libro de propaganda, Las Hurdes, leyenda y verdad, en el que se mostraba que ninguna de las imágenes anteriores eran ya ciertas; había escuelas, cables eléctricos, viviendas de protección oficial, sanatorios. Pero seis años después, en su libro de viaje Caminando por las Hurdes, Antonio Ferres y Armando López Salinas volvían sobre la idea de que todavía no se había producido la homologación: “el atraso de las Hurdes no ha terminado [….] cuando desde La Alberca se traspasa el portillo de la Cruz se da un salto en la historia”.

Las Hurdes ya no se diferencian especialmente por rasgos sociales o demográficos. El nivel de renta  y el nivel de servicios probablemente sean similares a los de la mayor parte de la España rural. Tampoco creo que haya menos densidad de población y mucho mayor envejecimiento que en la mayor parte de esa España que Del Molino llama vacía. Si tuviera que pronunciarme quizá lo haría con un viejo recurso de geógrafo, las Hurdes no son diferentes, son singulares. Y pese a todo, la dificultad de sus accesos las dejan relativamente aisladas.

Al recorrer hace unos días el larguísimo pasillo de la nueva estación del AVE en Atocha me llamaron la atención unos carteles de propaganda con fotos maravillosas: En uno, el pantano de la Serena, y un inesperado rótulo; “si piensas en Irlanda, mira el pantano de la Serena”; un poco más allá, “si piensas en Islandia, mira los Monegros”, o “si piensas en el Colorado, mira las minas de Ríotinto”. Ya está, lo hemos conseguido, hemos internacionalizado nuestros mitos y complejos.

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Cerezo del valle del Jerte (foto C. Sanz)

Visite à las Hurdes. Juin 2016

Dans le livre de Miguel Delibes sur l’unique habitant d’un village castillan M. Cayo, dont les partis se disputent le vote (et qui a donné lieu à un film avec le grand acteur Francisco Rabal), M. Cayo compare son village à Las Hurdes : tout le monde en parle mais personne ne les connaît. Je disais dans mon post antérieur  sur la question qu’il nous fallait revisiter avec les collègues françaises qui avaient eu l’initiative du livre Géographes hors les murs, où est inclus mon texte sur Legendre, Marie Claire Robic, du CNRS, et Micheline Roumégous, qui m’ont d’ailleurs tellement aidé avec la version française.

Nous voulions parcourir Les Hurdes avec un regard plus expert, et tenant compte des nombreuses représentations culturelles du XXème siècle. Et en effet, nous y sommes allées fin juin, nos deux amies françaises, Concepción Sanz et moi-même. Ce fut un voyage splendide à tous les propos : une végétation exubérante dans ce début d’été après des pluies bien utiles ; des journées longues à belle lumière en fin d’après midi, des routes sinueuses pour traverser les cols d’accès, mais qui offraient la gradation de paysages, des hôtels commodes, des repas abondants (du jambon ibérique, encore du jambon et toujours du jambon), des cerisiers qui regorgeaient … Mais surtout la curiosité de géographes, mille  kilomètres de parcours sans rater une étape, profitant de chaque moment et de chaque paysage, discutant le nom des plantes et les équivalences en français et en espagnol, évoquant les souvenirs des textes de Legendre et de Unamuno sur place, et le passage du roi Alphonse XIII lors de sa visite de 1922 avec la Commission sanitaire et Marañón, et faisant des photos partout, comme avant, panoramiques, moyennes distances, courtes, détails. Une boutade que j’ai répétée à nos amies ; « vous ne devriez plus jamais dire que l’Espagne est un pays où manquent les arbres ».

Ce ne furent que trois jours (19-22 juin) mais intenses. Le premier jour pour arriver à la Alberca (aux portes de las Hurdes) traversant Ávila, Barco de Ávila, Piedrahita, Béjar y Miranda del Castañar. Fin d’après midi, nous montâmes au monastères de la Peña de Francia, ce synclinal perché, qui par son profil ressemble tellement au schéma inclus dans le très structuraliste livre de géomorphologie de Chardonnet. En haut, il y avait des nuages de moustiques même dans la grotte de la Vierge noire, dont Legendre était si dévot. De beaux panoramas toutes directions bien signalisés et devant l’hôtel les blocs lisses de granite où s’asseyaient Unamuno, Legendre et Chevalier pour regarder ce que le premier appelait la mer de pierres de la Castille, « cette Espagne inconnue qui conserve l’âme de la primitivité du granit, de ce granit qui se repose et rêve ». Legendre se taisait, Chevalier récitait Leconte de L’Isle, Unamuno pensait à l’ascension d’Obermann de Senancour.

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Notre journée hurdaine par excellence fut la deuxième. Nous visitâmes d’abord La Alberca où nous eûmes droit à notre photo avec le buste de Legendre. Puis nous entamâmes le dur col de la Batuecas, que passe à 1.240 m. Du haut l’ensemble des lignes de montagnes et de vallées étroites et très profondes du pays hurdain, une image qui ressemble toujours à celle qui est dans le livre de Legendre et le film de Buñuel (la voix du film récite : « un complexe ensemble montagneux ») avec plus de végétation (afforestation de conifères) et plus de routes et de câbles. En descendant nous fîmes à pied le sentier de la belle vallée de las Batuecas, où Buñuel voulait se retirer, ce chemin qui mène au monastère carmélite, où il y a un plaque avec deux strophes du  Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, les paroles de la femme à l’Aimé. Il y a aussi une référence à Dostoïevski, indéchiffrable pour nous. Puis, sous un soleil immiséricordieux, nous sommes arrivées à l’hôtel Hurdes Reales à Las Mestas. Sur les murs des photos des visites royales, celle de Alphonse XIII en 1922, celle de Juan Carlos I en 1998. Entre les deux la transformation de las Hurdes, la construction de routes pour donner accès à tous les villages, l’arrivée de l’eau et de la force électrique, les écoles, l’inondation de terres pas les barrages, les services sanitaires, et même certains entreprises locales, par exemple celles qui utilisent le miel.

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Cántico espiritual San Juan de la Cruz en monasterio Las Batuecas (foto C. Sanz)

L’après midi du second jour nous parcourûmes la route qui suit le fleuve Hurdano, traversant Rubiaco, Nuñomoral, Fragosa y Martilandrán jusqu’au volcan du Gasco, ainsi appelé comme suite à un impact d’un météorite. Ce ne fut que mercredi que nous retournâmes à Madrid, parcourant  d’abord la partie centrale de las Hurdes. Nous n’avons pas visité le sud hurdain par où Legendre et Unamuno sont entrés lors de leur second voyage. Après Riomalo de Abajo nous eûmes l’occasion d’admirer le très beau méandre de Melero sur le fleuve Alagon, réputé sur place comme le plus beau de la Péninsule ibérique (sic). Puis par des tronçons de route difficile car nous entrions dans la province de Salamanca pour y ressortir vers Cáceres à plusieurs reprises, nous arrivâmes à Hervás. C’est là que nous avons déjeuné (heure espagnole) et visité le quartier juif , appris le nombre de familles juives qui sont parties lors de la malheureuse expulsion (1492) et vu le patrimoine qui est en voie de récupération. Puis la route de retour, un ou deux cols difficiles encore (Honduras sur la CC 307) pour tomber sur la vallée plantée de cerisiers par excellence, celle du Jerte, et le retour à Madrid. En silence, les yeux et la tête pleins d’images.

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Hervás du château

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Déjeuner à Hervás (foto C. Sanz)

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Hervás : Poème sephardite

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Que de différences sans doute entre ces Hurdes et celles que Legendre et Buñuel ont présenté comme paradigme de la misère, chacun à sa manière. Legendre parce qu’il est tombé dans le déterminisme géographique du pays hostile à force de vouloir répliquer les nombreuses légendes et mythes littéraires. Buñuel, de son côté, pour dénoncer l’abandon social. Aujourd’hui il y a des routes, des services, de nouvelles maisons : il n’y absolument pas de misère, ce qu’on perçoit c’est une population vieillie. Et cependant, beaucoup de choses évoquent le livre de Legendre, et par conséquent, la Terre sans pain de Buñuel. Je m’explique.

Ce n’est plus un monde isolé, mais la présence et le sentiment du relief sont partout. Tous les cols d’accès passent à plus de mil mètres (sauf par le sud). Et au sud des villages jonchés sur la rivière Hurdano, qui sont à 450 m, le pic Arrobuey de  la sierra del Horno culmine à plus de 1.410 m. Les modestes cours d’eau ont profondément creusé leur lit et il n’y a pas de surfaces planes, rien que ces petites terrasses de culture construites sur des flancs verticaux avec énorme effort et difficulté. Du temps de Legendre on y semait de pauvres cultures, aujourd’hui elles sont abandonnés ou bien occupées par quelques oliviers; ou même comme à Nuñomoral remplacées sur le lit par un piste de tennis, seul surface apte. Et on retrouve toujours en partie ces toitures d’ardoise comme celles de Ladrillar, dont le profil devint célèbre en raison du film de Buñuel. Nous les avons vus en particulier à Martilandrán.

Sergio del Molino, un jeune journaliste et écrivain, vient de publier son livre La España vacía sur les imaginaires des terres rurales dépeuplées de l’intérieur de l’Espagne. Il y consacre à Las Hurdes un chapitre appelé « Tribus non connectées ». Selon lui le film de Buñuel serait un faux documentaire, trente minutes d’angoisse pour le spectateur : ce serait plutôt un mise en scène de la réalité sur des scénarios naturels. C’est vrai, le film de Buñuel est un faux documentaire dans le sens où les ténébreux événements n’ont pas lieu au passage de la caméra, ils ont mis en scène. On connaît l’opinion de Marañón qui n’a pas du tout aimé que Buñuel ne montre que ce qu’il appela « le face laide ».  On sait aussi que paradoxalement les photos du livre de Legendre ont inspiré le film.

Del Molino ajoute des faits surprenants et intéressants. Au contexte de l’époque du film, en plus du surréalisme de Buñuel et l’influence que sur lui avait sans doute le réalisme espagnol du genre le peintre Zurbarán, Il faudrait ajouter le goût de l’époque pour les films exotiques dans des paradis perdus, à commencer par Tarzan ; ainsi que le succès des films noirs qui sont contemporains de celui de Buñuel, du genre Freaks, ou les crimes de la rue Morgue.

Unamuno a bien dit à l’époque que les habitants de las Hurdes pouvaient être pauvres mais n’étaient absolument pas sauvages. Il y a un élément de coïncidence entre les nombreux textes qui ce sont occupé de las Hurdes, Legendre, Marañón, Buñuel, et tous ceux qui sont venus à la suite : Las Hurdes sont présentées comme métaphores et même synecdoque de l’Espagne : sauver las Hurdes serait en fait sauver l’Espagne, leur rédemption serait la rédemption de l’Espagne. Ce qui permet à Del Molino  pousser plus loin son argument. Le régime franquiste a voulu présenter las Hurdes comme un paradigme du succès du développement espagnol. En 1964, le ministre de la propagande Fraga a commandé un livre appelé « las Hurdes : légende et vérité ». On y montrait que les images antérieures n’étaient plus vraies. A ce moment il y avait des écoles, de l’électricité partout, des routes, des établissements sanitaires, de nouveau logements d’initiative publique. Six ans après cependant, Antonio Ferres et Armando Pérez Salinas dans leur livre, « En route à travers las Hurdes », se refusaient à admettre que le pays fut sorti de son retard : « Le retard de las Hurdes n’est pas fini… Quand venant de la Alberca on traverse le col, on fait aussi un retour dans l’histoire. »

Ce n’est plus les faits démographiques et sociaux qui rendent différentes las Hurdes : leur niveau de revenu et leur niveau de services est probablement le même que dans les autres régions dépeuplées de l’Espagne. De même que le vieillissement. Si j’avais à me prononcer, j’aurais recours à un vieux mot géographique, Las Hurdes ne sont pas différentes, elles sont singulières. Et toujours, relativement isolées.

Il y a quelques jours je voyais sur le hall de la gare d’Atocha des annonces étonnantes par leur message sur de très belles photos. Si tu penses en Irlande, regarde le barrage de la Serena ; si tu penses en Islande regarde les Monegros ; si tu veux le Colorado, regarde les mines de  Rio Tinto.

Voici, nous avons réussi à rendre internationaux nos mythes et nos complexes.

(traduction Micheline Roumégous et Josefina Gómez)

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