Creo que fue a mediados de los años cuarenta cuando las cuatro hermanas Gómez Mendoza, las mellizas María y Ana, Carmen y yo empezamos a pasar el verano en la Isla. Yo debía de tener apenas dos años y las cuatros acabábamos de tener tosferina, motivo por el que nos conocieron durante los primeros años como les tosferinoses. Todavía no había nacido Antonio, que lo hizo en 1952. Veraneamos en la Isla trece años seguidos, después cuando empezaron las estancias de una u otra en Northampton, en Inglaterra (¡un sitio tremendo!), pasamos a La Granja, Noja en Santander y Fuenterrabía, pero era tanta nuestra añoranza de la Isla que nuestra madre accedió a volver (por aquella época nuestro padre ya no podía estar varias semanas) y allí fuimos de nuevo a finales de los años 50’ y hasta 1962: ese último año estuvimos en una casa de la cuesta del Sangreru, el primer tramo de la carretera de la Isla a Colunga; María fue con su hijo de unos meses, Pablo, desde París donde vivía porque su marido Paco Bustelo no podía entrar en España, estaba exilado. Ana pasó unos días, también vino mi amiga Elena; y, lo recuerdo perfectamente, fue el verano en que se suicidó Marilyn Monroe.

A finales de julio de este año 2017, hemos ido María, Carmen y yo a la Isla (Ana murió en un accidente en 1968, Antonio tenía en ese momento muchas obligaciones). Volvimos, al pueblo, a la iglesia, al paseo de la playa, el Terreru, al puerto de Lastres, a Colunga, a Gobiendes, incluso subimos al mirador del Fitu con una niebla tremenda y solo pudimos verlo desde el coche. Creíamos que lo íbamos a encontrar todo muy cambiado, pero, en comparación con otros lugares, tampoco nos pareció tanto; hay, eso sí, unos bloques de apartamentos bastante feos a la entrada de la carretera, sobre el prado donde se celebraba la Velilla, y en el que veíamos, escuchábamos, y olíamos segar a guadaña.  Un mundo de recuerdos nos invadió, María y Carmen son las que más saben y las que mejor lo recuerdan y expresan, sobre todo Carmen que tiene allí muchos amigos y siguió yendo con frecuencia; pero soy yo la que tengo la manía de escribir sobre los lugares, es a mí a la que me invaden hasta que escribo sobre ellos. Espero que les guste a mis hermanos, y que lo completen.

Cuando empezamos a veranear en la Isla no sabíamos, desde luego, ni que se llamaba Santa María de la Isla del Moral, ni que tuviera tanta historia y hasta prehistoria como ahora se le reconoce; es verdad que para ir al pueblo se subía al Castru pero no creo que en aquella época ninguno lo relacionáramos con un castro prehistórico. Ni mucho menos sabía yo tampoco entonces qué era la rasa cantábrica, esa plataforma de abrasión marina muy visible en el oriente asturiano que luego he tenido que explicar tantas veces en clase. Por último, probablemente percibíamos la sierra del Sueve como singular, la montaña meridional de la Isla, sin la más mínima conciencia de que formara parte de la rama litoral de la cordillera cantábrica. Pero lo es, un macizo de calizas antiguas, levantado por la orogenia alpina, que culmina en el Picu Pienzu, a 1.160 m. Apenas dista cuatro kilómetros de la costa, por lo que los ríos, el Libardón y el Espasa se despeñan por las laderas, solo se ramifican al llegar al llano.

Sin embargo, creo que sí percibíamos una cierta unidad de las distintas piezas de todo aquel paisaje. En primer lugar, las tres playas que interrumpen el acantilado de la rasa: de oeste a este, la de la Isla propiamente dicha con su Peñón que es lo que la caracteriza y que durante las mareas bajas queda unido a la playa por una lengua de arena; el paseo de la playa (el terreru) con grandes eucaliptos plantados hacia 1870[1]; le sigue la pequeña playa del Barrigón y a continuación la grande de la Espasa, donde llega ramificado el río, y que el Piñoble divide en dos. En segundo lugar, la villa de Colunga, la capital del concejo, a tres kilómetros por la carretera general, que es, ahora lo sé, una importante etapa del Camino de Santiago; allí íbamos constantemente en bicicleta (en los primeros años, recuerdo que a mí me llevaba mi padre en la barra de la suya). En la falda de la montaña, formando parte de nuestro paisaje habitual, las aldeas de Caravia, la alta y la baja, Gobiendes con su preciosa iglesia, y Coceña. Finalmente, el mirador del Fitu, en la carretera de Arriondas, desde donde hay una vista espléndida sobre toda la ladera la montaña, con los campos y prados, la costa, la rasa, las playas: al Fitu subíamos habitualmente los chicos varias veces en el verano; nuestra madre, en cambio, que siempre fue muy montañera, hacía la ascensión del Sueve. Y todo ello formando un terrazgo de pastos, prados de siega, de campos de maíz, patatas y otros cultivos, sobre todo maizales, distintas arboledas, pomaradas, huertas: un parcelario irregular que conformaba un verdadero mosaico.

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Fte: Google Earth. Sierra del Sueve, laderas, villa de Colunga, rasas y playas.

Veraneos asturianos 02 JGM  Playa de la Isla, Peñón, Rasa

Veraneantes de los años veinte y de los cincuenta

 

A la Isla se entra por el Ramal, hoy calle de Francisco Carrillo, que arranca de la carretera 632 que une Santander con Oviedo, en ese tramo Ribadesella con Canedo. Ahora está la autovía del Cantábrico. Hasta allí llegábamos en el autobús de “la Línea”, que en nuestra época no sé si era todavía Autobuses de Luarca solo, o ya ALSA. Al menos en nuestros primeros veraneos, cuando no teníamos coche, cogíamos el tren de noche en la estación del Norte, o Príncipe Pío de Madrid, que paraba en la estación del Campo Grande en Valladolid sobre las dos de la madrugada: nuestras tías vallisoletanas nos llevaban bocadillos y algo caliente, y seguíamos hasta Gijón[2]. Nos encantaba ir en la baca del coche de línea, y coincidir, como era y se decía entonces, con paisanos, lecheras, y pescadoras. El autobús se paraba a la entrada del Ramal y hasta la casa que alquilaban nuestros padres, que estaba en el mismo ramal, nos llevaban los baúles y maletas en carros -recuerda María- y nosotros íbamos andando. En aquella casa de las García, en un pequeño cuarto con ventana al mismo Ramal, escribió nuestro padre, Emilio Gómez Orbaneja, su libro de derecho procesal y los Comentarios a la ley de Enjuiciamiento Criminal.

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Fte. Google Earth la Isla con el Peñón, la entrada en el pueblo por el Ramal y la salida por camí del Castru

En el Ramal estaban ya algunas de las casas de las familias que habían hecho de la Isla un lugar de veraneo desde los años 20’[3]. Seguían luego, al terminar el ramal, por el arenal de la iglesia, la calle y plazas del pueblo, y volvían en bucle hacia por la plataforma occidental: en el propio ramal, los Vigil Fernández-Cutre, y  los Caveda, en el arenal la casa de los Vigil, de tipo  indiano, en el pueblo, los Fernández Nespral[4], Pérez Fontán,  Martínez-Hombre Argüelles, Margolles, Rivas etc… Otros habían llegado más tarde, pero en todo caso antes que nosotros, y eran ya bien conocidos y estaban bien integrados cuando nos instalamos, los Baigorri, relacionados por vía materna con el lugar (Escandón Careaga), los Jáuregui que llegaron por los anteriores, los Matamoro que fueron de los primeros en instalarse en la playa de la Espasa. Más tarde bastantes de ellos se fueron construyendo casas en la playa o en las carreteras. En la playa de la Isla la más visible sigue siendo la de los Hidalgo del Banco Herrero: hoy el paseo del Terreru se llama Enrique Hidalgo. A todos ellos se unían algunos que tenían casas fuera, como los García Mauriño que vivían en Caravia. Con el tamaño que tenían las familias de entonces, hubo amigos y amigas de todas las edades, para cada uno de nosotros. Por el cantil, estaban las casas con mejores vistas sobre el mar, la Torre, la Atalaya, la Huertona donde veraneamos un año.

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Carmen, María y Josefina Gómez Mendoza en la playa de La Isla. Julio 2017

De los recuerdos que tengo claros de aquellos primeros veraneos está la distribución de la gente en la playa. Hacia el Barrigón, siempre al este de una roca que divide la playa de la Isla en dos, nos situábamos las familias de veraneantes, en posiciones respectivas muy parecidas de un año a otro. En los años 50’ los bañadores de mujeres eran, claro, enteros y con un poco de falda[5]. Había todo un ritual para cambiarse la ropa en la playa, quitarse el traje de baño que, entero y húmedo, era muy incómodo. Se decía eso de “¿me tapas?” para que otro estirara la toalla mientras te lo quitabas. Por eso nos llamaban mucho la atención los hábitos desenfadados de la familia Grande Covián: Paco Grande, el gran bioquímico y nutricionista, gran amigo de nuestros padres, era de Colunga, se cambiaba con toda naturalidad y sin ninguna toalla. Pienso que probablemente fue él quien llevó a nuestros padres a la Isla[6].

Del otro lado de la playa, pasado el Peñón hacia el pueblo, se colocaban los pocos lugareños que bajaban a la playa, o que tomaban baños de mar al menos a las mismas horas que los veraneantes. Y junto a ellos, estaban “los niños de la colonia”, niños de en torno a los diez-doce años, en grupos de veinte a treinta, que acudían por temporadas mensuales a la playa con sus profesores. No sé a qué hora bajaban por la mañana pero lo que sí recordamos es que les llamaban a comer colocando una sábana blanca en la torre o en la Atalaya donde vivían, en la cornisa occidental. Se iban de forma disciplinada.

Porque los recados en aquella comunidad se trasmitían de forma visual u oral de grupo en grupo; en particular los recados de teléfono que procedían de una centralita situada en frente de la Iglesia: “que avisen a fulanito…que avisen a mengana”. Así, en los años cincuenta cuando ocurrieron las grandes huelgas mineras, circulaba por la playa de boca en boca con cierto temor: “cerró la Nicolasa”, “cerró la María Luisa”, “cerró la Camocha”, en referencia a los pozos mineros, y algunos propietarios o vinculados al mundo minero se conmovían. También llegó de esta forma, el recado telefónico a nuestro padre cuando le nombraron para el litigio de la CHADE, la compañía hispano americana de la electricidad. Lo recuerdo bien, por lo misterioso que resultó para mí aquel nombre: pero también sin duda porque determinó un cierto cambio de nuestra situación económica.

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Iglesia de La Isla en el arenal al arranque del Terreru de la Playa (2017)

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Casa familia Vigil, en el arenal frente a la iglesia (2017)

Francisco Carrillo y la colonia

 

Si he contado con cierto detenimiento esa distribución segregada en la playa, es para referirme precisamente a la colonia y al que la fundó, Francisco Carrillo Guerrero, porque al preparar estas notas me he dado cuenta de su importancia y originalidad en la protección de la infancia y reforma educativa de los años 1920’ y 1930’ del siglo pasado. Gracias al libro de Vigil, gracias a todas las noticias sobre Francisco Carrillo he podido reconstruir con cierta precisión la historia de aquella institución. No deja de ser una buena expresión del afán reformista de la época y de la preferencia del Cantábrico para estancias higiénicas de verano en la playa.

Carrillo Guerrero, nacido en 1899 en Ronda, fue, como Rafael Altamira, inspector de enseñanza primaria de la primera promoción, y se movió cerca de las instancias de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas: consta que desde 1907 y hasta los años treinta estuvo pidiendo becas para estudiar en Francia, y hasta en siete ocasiones se le llegaron a conceder, lo cual era inhabitual, pero realmente solo viajó una vez en 1930[7]. Era profesor especial de sordomudos y ciegos, fue presidente del Consejo superior de Protección de la Infancia de Madrid y escribió mucho sobre educación y renovación pedagógica. Lo curioso de su trayectoria es que también fue muchas otras cosas, entre otras, como doctor en derecho, decano del Colegio de Abogados, y ya en periodo franquista entre 1938 y 1949, Presidente de la Academia de Doctores. Probablemente eso significa que hubo una evolución en sus posiciones políticas, o que se adaptó a la situación. Me parece haber leído que fue director general de enseñanza primaria.

No está muy claro por qué escogió la Isla, pero sí que conoció el lugar durante su destino en Villaviciosa. La iniciativa tiene mucho que ver con la forma en que se intentaba abordar la falta de enseñanza y el analfabetismo en los barrios más miserables y marginales de Madrid. En efecto, Carrillo tuvo bastante que ver con la creación entre 1924 y 1928 del Colegio Joaquín Costa, en el Paseo de Pontones 8, sobre una explanada que hasta entonces se destinaba a mercado de ganado, en una barriada industrial muy pobre. Se trataba de una Grupo Escolar, una verdadera “ciudad infantil”, al igual que el Menéndez Pelayo en Méndez Álvaro. Ambos se deben al arquitecto Antonio Flórez, jefe de construcciones escolares del Ministerio de Instrucción Pública, autor también de la Residencia de Estudiantes y muy vinculado a la ILE.  También estuvo implicado Carrillo con el colegio asilo de la Paloma, en la Dehesa de la Villa, y ahora en la calle Tabernillas. Tras muchos avatares todos ellos subsisten con su arquitectura original, y siguen siendo buenos centros de enseñanza pública.

Parece que de esos colegios, en particular del de la Paloma, procedían los niños de la colonia que Carrillo traía en verano a la Isla en estancias primero de dos meses y luego de uno. Se alojaron primero en casas del pueblo pero en los años en que coincidimos nosotros estaban en la casa de la Atalaya que Carrillo había habilitado para ese fin. Al llegar la guerra civil se había suspendido la actividad que se reanudó en 1942, teniendo al frente a don José Pérez, al que nosotros conocimos.

Colaboraba con Carrillo su mujer Lorenza Koehler Lucas, de la que solo he encontrado una referencia, pero muy curiosa en relación con esto: publicó en 1931 en la revista Cosmópolis, de diseño muy modernista, un escrito de una hoja: “Limosna de amor”, en la que mantiene que sin amor no hay verdadera caridad, no basta la intención, que puede no consolar realmente al beneficiado, sino, al revés, dejarle herido de humillación. No sé si esto tiene algo que ver con lo que estoy contando. Pero en todo caso habla en el mismo sentido de conciencia de la acción social. Ahora la plaza a la que dan algunas de las casas más conocidas de la isla lleva el nombre de Lorenza Koehler.

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La Isla a la entrada de la plaza Lorenza Koehler

Hay más: la hermana de Lorenza, María, fue la mujer del lexicógrafo, diplomático y académico de la Española, Julio Casares, que era granadino. Curiosamente, él y su mujer se habían conocido como violinistas, y se habían casado por poderes. El hecho es que Casares, al final de la guerra, se compró el terreno del Pasote, al lado de la Atalaya, y allí pasaba las vacaciones con su familia desde 1942 hasta su muerte en 1964. Según cuenta su nieto, en la parte alta de la casa, tenía el académico un pequeño despacho en el que fue reuniendo las papeletas de su diccionario[8]. A diferencia que Carrillo, Casares no está reconocido en el callejero.

Estos personajes, ajenos por su origen y por su actividad al lugar, me parece que le confieren a la Isla una dimensión distinta. Sabíamos, entonces, que estaban, no lo que significaban.

Hechos singulares y rutinas gozosas de los veranos

 

Dice Vigil en su libro sobre La Isla en el recuerdo  que, aunque era evidente que los niños pertenecían a familias de distintas ideologías, la convivencia era perfecta y a él sus padres nunca le habían prohibido la compañía de ningún otro niño, ni advertido contra nadie. Es cierto, yo tampoco tengo ningún recuerdo negativo: las pandillas de chicos y chicas, hijos de veraneantes, e incluso algunos niños del pueblo jugábamos entre nosotros sin ningún cuestionamiento ni prohibición, sobre todo en el porche de la iglesia, en el arenal, en el terreru, incluso a la entrada del cementerio (donde yo cumplí con el rito iniciático de encender un cigarrillo), o por la carretera hacia la venta de la Espasa. Los mayores se hacían novios o al menos tenían amistades amorosas durante el verano.

De todas maneras hay que matizar algunas cosas y tener presentes algunas imágenes y episodios singulares. La Isla estaba habitada todo el año por no mucho más de veinticinco familias, lugareños que vivían casi todas de tierra, en general arrendada, y de ganadería propia. En el pueblo había casas con cierta historia como la de don Pedro Quirós, pero la mayoría eran bastante humildes, de piedra, con algo de adobe, casi todas con ventanas externas y algunas galerías y corredores buscando la buena orientación. Los hórreos eran, como acostumbran en esta parte de Asturias, externos, en la plaza del Horrón había varios[9]. Las vacas iban de las cuadras a los prados por todo el pueblo, a veces les ponían hierba podrida y algas, y todo ello, junto con las panochas de maíz y las omnipresentes boñigas daban un suelo de textura y olor muy característicos.

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Hórreos en la Isla

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La casa de las García en el ramal, donde veraneábamos

No creo que intuyéramos nada del pasado de aquel pueblo ni que supiéramos que la guerra civil había sido allí muy dura. Es como si aquel lugar no hubiera existido antes de que nosotros fuéramos. Además, en mi infancia no se hablaba de la guerra, en todo caso solo de lo sucedido a algunas personas. Según leo en el libro de Vigil, en la Isla en 1925 se había constituido una Junta de Vecinos alentada por el párroco y de la que formaban parte la maestra, el alcalde pedáneo, algunos concejales de Colunga como las Margolles, y algunas de la primeras familias asentadas, como los Caveda. El objetivo, “velar por la moralidad pública, la higiene pública y el mejoramiento y desarrollo de la cultura del pueblo” (Vigil, 2001, 42). Era evidente que existían escuelas públicas desde hacía tiempo, de niños y niñas, pero también una casa-cuartel de la guardia civil con guarnición, el del Horrón, precisamente instalado en la antigua escuela de niñas, cuartel que, bien pensado, resultaba desproporcionado para el número de habitantes. Yo creo que incluso estuve dentro de la casa-cuartel, y que tenía algún amigo hijo o hija de los guardias. De lo que no cabe duda es de que en los primeros meses de la guerra la iglesia fue quemada, y en 1938 reconstruida al ocupar las tropas “nacionales”  la zona oriental de Asturias. Entonces, uno de los maestros fue fusilado.

Todo eso no lo sabíamos, ni nuestros padres, si lo sabían, nunca tuvieron el más mínimo interés en contárnoslo, al menos a mí. De lo que sí guardo (guardamos) una imagen imborrable es de un hecho que sucedió a finales de los años cincuenta: corrió la noticia de que había sido detenido un maqui muy peligroso, el Juanín; de que lo tenían en el cuartel y se lo iban a llevar en el coche de línea. En efecto, le llevaron andando por el ramal hasta la carretera: era un pobre hombre que apenas podía caminar y lo llevaban, colgando de los hombros, los dos guardias;  le habían dado, sin duda, una paliza. Se habló mucho de las fechorías que habría cometido. No en mi casa. Me parece que luego se supo que aquél no era el Juanín, aunque que coincide que el verdadero fue ejecutado por esas fechas. Este es el recuerdo más claro que yo tengo de la realidad de la guerra y de la represión.

Nuestra vida tenía esa maravillosa rutina de los veraneos. Después de ver cómo nuestra madre organizaba la casa y compraba el pescado a las pescadoras (pobre, a ella no le gustaba) -que venían corriendo desde el puerto de Lastres unos ocho kilómetros, cargadas con sus cestas de pescado sobre la cabeza que protegían con un pañuelo enrollado- nos íbamos a la playa: yo creo que se me pelaba la piel por lo menos dos veces a lo largo del verano. Comida, siesta y salir con la pandilla: largas tertulias en el porche de la iglesia y en los lavaderos, carreras por el arenal y los maizales, paseo por los prados, las pomaradas, a la playa no se iba por la tarde. También a la tienda de Manolo en el Ramal, donde había de todo, olía a sidra y muchas veces los lugareños estaban jugando a las cartas. Nuestro padre contaba con mucha gracia siempre lo mismo: allí se hablaba de la Habana o de otras ciudades americanas, con gran familiaridad y precisión, con gran conocimiento de causa, y en cambio aquellos paisanos no habían estado nunca en Oviedo. También la emigración económica era globalización.

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Carmen Mendoza Lassalle, con sus hijos, María[10], Carmen con Antonio en brazos  y, delante, Josefina

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Emilio Gómez Orbaneja con Carmen y Antonio (1952)

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Emilio Gómez Orbaneja, años 1950’

La bicicletas eran indispensables, no sé dónde las guardaban mis padres entre verano y verano. Se iba mucho a coger moras, y cuando llegaban las grandes mareas de final de agosto, íbamos muy pronto por la mañana, con los esguileros al lugar del Camarón, a las rocas entre el Barrigón y la Espasa. Con la fiesta de la Velilla, la virgen de agosto, nos traían a casa una capilla con una virgen, a mí me impresionaba bastante. A veces nos llevaban nuestras tías al rosario vespertino en la iglesia: allí como ya he contado, lo más llamativo eran los reclinatorios familiares, es decir grabados con el nombre de las familias a las que pertenecían. Con mucha más frecuencia íbamos al Barrigón y a la venta de la Espasa, donde se jugaba a los bolos. Y muchas veces a Colunga, a casa de los Grande, a la farmacia, a la pastelería donde acudía a menudo nuestra madre con algunas amigas.

Las fiestas por antonomasia eran las romerías, el escanciado de la sidra, los puestos y el baile. Yo no sé por qué recuerdo mejor las de Caravia y Gobiendes que las de lsla que se celebraban en el prado de la Velilla, el día de la Virgen de agosto. De lo que sí me acuerdo muy bien es de las carreras de sacos y de bicicleta, de los concursos de natación. Cuando tuvimos coche, e incluso hasta yo ya conducía, íbamos más a la playa de Colunga y sobre todo al cabo de Lastres, con la maravillosa quebradura de su puerto; se tomaban unas sardinas o se merendaba arriba en el campo de san Roque, o en una terraza colgada sobre el mar, o directamente abajo en el puerto. Asistíamos a la rula o subasta de pescado, incluso alguna vez embarcamos con pescadores. Yo recuerdo haber salido a la sardina, y haber cogido el mayor mareo de mi vida. De las fiestas de Lastres a mí me entusiasmaban el concurso de cucaña, trepar sobre el mar por un palo cubierto de grasa a ver quién conseguía llegar al final y coger el trofeo. Casi todos se caían.

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Joaquina Gómez Orbaneja, y Ana María de Mendoza con Antonio, su amigo Julio Durán y en brazos de Ana María, Pablo Bustelo. Detrás Elena Arnedo y JGM.

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Vista de Lastres. Julio 2017

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Carmen y María en Lastres 2017

Este verano también hemos vuelto a Lastres e incluso comimos donde siempre. Eso sí, ahora comida fusión con una extravagante espuma de cigala sobre el rodaballo. Lastres sí que se ha convertido en un sitio reputado de turismo gastronómico y allí sí que hay mucha gente y muchos coches y la estructura del pueblo está en parte desvirtuada. Pero está igual de bonito. Tengo que decir que cuando quiero pensar en momentos felices y relajados de mi vida, casi siempre me veo por la tarde en aquellos prados de Lastres, literalmente colgados sobre el mar.

Pasamos unos veranos maravillosos, desde luego yo. Carmen conserva muchos amigos y ha vuelto durante toda su vida. No soy capaz de saber qué balance harían, en cambio, nuestros padres; yo creo que no acabaron de hacer grandes amigos, aparte naturalmente de los Grande, aunque tenían una relación cordial con todos. Bien pensado, me llama la atención que mi padre no tuviera relación con Casares, sabíamos que estaba allí pero nada más. Jugaba al dominó con Baigorri, Jáuregui y otros, pero sobre todo buscaba la compañía de Pedro Caravia Hevia, en su casa de Gobiendes, un catedrático de filosofía del Instituto de Oviedo, que había estado huido hasta su reincorporación en 1941, y del que yo solo recuerdo que llevaba unas gafas de gran miope. María se acuerda de que le prestaba libros a nuestro padre y les gustaba hablar de sus lecturas. Confirmo ahora su categoría intelectual y personal en los escritos de homenaje de algunos de sus alumnos. Y me emociona que el de uno de ellos termine con ese verso de Valéry que también le gustaba tanto a Emilio Gómez Orbaneja: “La mer, la mer toujours, recomencée”.

———

Leo en el Diccionario de Madoz en la voz de Colunga, el elogio a las “verdes campiñas de Gobiendes y la Isla, después de recolectados los frutos, cubiertas de ganados que las disfrutan y pacen libremente”. Un vergel que se riega con las aguas del famoso monte o puerto del Sueve, con árboles de muy diversas especies, y muchos sitios de recreo, descubriéndose a trechos el plateado azul de las aguas del mar (Tomo 6, pág. 536). Veo después en el Atlas aéreo de Asturias que publicó La Nueva España y del que son autores Felipe Fernández y Paco Quirós que se incluyen dos fotos aéreas, de 1957 y de 1995. Los autores caracterizan a la Isla como una localidad que ha pasado en pocas décadas de ser un núcleo de carácter rural-agrario a convertirse en una zona turística de cierto renombre. Muestran temor de que la construcción de la autopista vaya a aumentar los cambios fisionómicos. Comparando no ya solo esas dos fotos, sino las de ahora, no advierto que sea para tanto, comparativamente hablando, claro,  con el resto del litoral: la trama rural básica se ha mantenido, y aunque las edificaciones se han densificado ni son en exceso incoherentes, ni sobre todo constituyen continuos lineales en la costa y en las carreteras.

Al final del mes de agosto de 1962, nuestra madre, Carmen Mendoza Lassalle nos dijo algo así como: “Vosotros lo pasáis muy bien, ¿verdad?, pues yo no puedo más y a partir del año que viene voy a veranear con vuestro padre y Antonio en un hotel”. No lo cuento como un reproche, todo lo contrario, con admiración por los años y los esfuerzos que nos había consagrado y el valor que tuvo al decirlo.

Madrid, octubre 2017           

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Desde Lastres. Julio 2017

NOTAS

[1] También se le llama el castrellu y las ruinas que hay en él pueden hacer pensar que en tiempos históricos estaba unido a la tierra. También hay cuevas.

[2] En sus actuales viajes a Santander, Carmen al pasar por la estación de Valladolid, que sigue igual a lo que era, nos suele mandar un mensaje: “Chicas, próxima estación, Campo Grande, Valladolid”.

[3] La Isla tiene una pequeña historia termal que se remonta a los romanos, pero además, según cuenta Manuel Vigil, en el origen de los veraneos de la Isla estaría el uso terapéutico de las algas por su riqueza en yodo: parece que los bañistas se cubrían para mayor efecto con un sacu o sábanu por encima del traje de baño. Vigil González-Cutre, Manuel: La Isla en el recuerdo, La Versal, 2003.

[4] Inasiu Hevia en su Toponimia del Conceyu de Colunga. Parroquia de la Isla’l Moral habla de las Casa Nespral en Caleya como la primera casa de veraneantes.

[5] Cosa que no le parecía suficiente al párroco. Manolo Vigil cuenta una anécdota divertida al respecto. Parece que un día comenzó el sermón de la misa diciendo: “Hoy es el décimo domingo de Pentecostés y, aprovechando la coyuntura, os digo que cada día veo más mujeres ir a la playa en traje de baño, pero sin falda” (Vigil, ob. cit., 40). Nadie supo qué coyuntura era esa. Era habitual que los niños de los veraneantes ayudaran a misa. También recuerdan mis hermanas y confirma Vigil que en la iglesia había reclinatorios que llevaban grabado el nombre de la familia a la que pertenecían.

[6] Los Grande vivían también, como nosotros, en la Casa de las Flores de Madrid, ellos del lado de la calle Hilarión Eslava, mientras que nosotros dábamos a la calle Gaztambide. La madre Covián es la que era de Colunga (la casa sigue allí) y el padre había ejercido como médico. Grande estudió medicina y trabajó con Juan Negrín, su maestro, en los casos de desnutrición de la guerra y posguerra y luego en la que iba a ser la Fundación Jiménez Díaz. En los años 50’ se trasladaron a Minnesota (USA) donde desarrolló su carrera, convocado por el  también asturiano Severo Ochoa.

[7] Marín Eced, Teresa: Innovadores de la Educación española. Colección monografías, 1991.

[8] Yo me he pasado la vida consultando “el Casares”, el Diccionario ideológico, de la idea a la palabra y de la palabra a la idea. Casi no soy capaz de escribir sin él. Su autor lo terminó en 1936 pero a causa de la guerra no se publicó hasta 1942, y gracias a que el editor Gustavo Gili había conservado casi todo el material original. Descubro ahora que Casares tuvo una actividad desbordante y variada: como violinista perteneció a la orquesta del Teatro Real y estrenó a Wagner, fue diplomático en la Sociedad de Naciones, crítico literario, intérprete oficial de lenguas del Ministerio de Estado: estaba acreditado, según cuenta su biografía, ¡en 18 idiomas! Había empezado su carrera diplomática por el pintoresco camino de  “joven de lenguas”, y cuando obtuvo la plaza se fue a París a estudiar lenguas orientales y residió en Japón.

[9] Uno de los recuerdos de uno de mis veranos es que los “mayores” estuvieron metidos en un hórreo vacío, con tanto alboroto que se vino abajo el suelo: los padres tuvieron que indemnizar a los propietarios y fue bastante escándalo. Si yo lo recuerdo bien, y mis hermanas peor, es que ellas fueron protagonistas, mientras yo lo supe como espectadora externa fascinada: “¿Qué estarían haciendo allí?”

[10] No todos estamos de acuerdo en que es María, alguno piensa que es Ana. En todo caso, lo raro es que falte una.

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