He tenido que estudiar en los últimos meses la figura del hispanista conservador francés Maurice Legendre (1878-1955), cofundador de la Casa Velázquez de Madrid junto con el arqueólogo Pierre Paris. Es probablemente el único geógrafo francés que tiene en España una calle con su nombre, cerca de la estación de Chamartín en Madrid. Y conmemora también su figura, desde luego, un busto en la calle de los Prados de La Alberca.  Y es que el libro de más interés de Legendre, que es una tesis doctoral, resultado de más de quince campañas de verano sobre el terreno, recorriendo desde 1909 la Sierra de Francia, el valle de las Batuecas y las Hurdes, se llama Las Jurdes. Etude de Géographie Humaine y fue publicado por la Ecole des Hautes Etudes Hispaniques, en 1927. Tres cosas hacen singular a Legendre y a su libro (que fue muy conocido en la España del momento, yo puedo decir que estaba en la biblioteca de mi abuelo don Vicente de Mendoza, catedrático de derecho penal en la Universidad de Valladolid, y es ese ejemplar el que he manejado)  y me mueven a recordarlos  aquí: primero, que la investigación hurdana de Legendre, además de hacerse sobre el terreno, se llevó a cabo en relación muy cercana con los grandes intelectuales de la época, en particular Miguel de Unamuno, con quien visitó la comarca en 1911 y 1914; y Gregorio Marañón a quien acompañó en 1922 con motivo de la comisión sanitaria encargada de estudiar los crónicos problemas médicos de la zona, comisión que anticipaba la muy publicitada visita del rey Alfonso XIII, que tuvo lugar en agosto de ese mismo año. En segundo lugar, que Legendre, queriendo desmontar la leyenda de las Hurdes, contribuyó a hacerla más negra, o dicho con más exactitud, -y es lo que he desarrollado en mi trabajo- que desmontó muchas leyendas literarias, pero elaboró todo una “leyenda geográfica”, la de un país de naturaleza tan hostil que sus heroicos habitantes constituían realmente un anacronismo geográfico, casi un inverosimilitud. Puro determinismo, pues.

La tercera singularidad es la que más me interesa comentar ahora. Se trata de que el extraordinario y estremecedor documental de Luis Buñuel “Las Hurdes. Tierra sin pan” se basa enteramente en el libro de Legendre, como se dice en los títulos de crédito. “Este ensayo cinematográfico de geografía humana fue rodado en 1932 poco después de la instauración de la República Española. Según los comentarios de geógrafos y viajeros, la región que van a visitar, llamada las Hurdes, es una tierra estéril e inhóspita en la que el hombre está obligado a luchar cada momento por su subsistencia. Las Hurdes eran desconocidas incluso de los españoles, hasta 1922 en que se trazó su primera carretera”, palabras que reproducen  la tesis de Legendre. Lo que hace al caso extraordinariamente interesante es que Buñuel, ateo y comunista entonces,  encontrara en las páginas y fotografías del ultracatólico Legendre la fuente exacta de inspiración para su película de denuncia. Sin duda, ambos sintieron la misma atracción por la región y buscaron por muy distintos medios la redención  de tanta miseria. Pero cuando se cambia de escala las diferencias son abismales: el Buñuel de la época era el más vanguardista de su trayectoria, mientras Maurice Legendre era un militante del hispanismo espiritualista, al que le había llevado el Idearium español de Ángel Ganivet, y veía en España el bastión contra el que habrían estrellado todas las revoluciones europeas: la religiosa de la Reforma protestante, la política de la Revolución francesa y, sobre todo, del marxismo de su siglo,  y  la económica de la revolución industrial. Caute legendus, previene otro hispanista de muy distinto signo, Marcel Bataillon, el estudioso de Erasmo en España, en relación con La nouvelle histoire de l’Espagne de Legendre, el caute legendus que ponían los censores de la Inquisición en los libros “útiles, pero peligrosos”. El libro es, en efecto, un libro de un nacionalismo y de un catolicismo a machamartillo como el mismo autor decía: el de un escenario simplificado de grandes entidades inmortales personificadas, España (más bien, Castilla y Meseta), Raza y Tradición.

Las Hurdes, junto con las Batuecas, ya que tardaron en ser identificadas por separado, habían sido objeto de leyendas y contra-leyendas, que José María Ridao resume en términos de “Ilustrados contra románticos”   lo que es acertado aunque se queda un poco corto. La leyenda de una comunidad agreste de montaña impenetrable se remonta en efecto a una comedia de Lope de Vega [Las Batuecas del Duque de Alba], aunque la exaltación corresponde a los románticos, incluso con expresa mención de George Sand: una tierra por descubrir. Los ilustrados y  los primeros viajeros extranjeros recordaron que las Hurdes eran conocidas desde los romanos, lo que no impidió que tuviera más éxito la pequeña maldad que Montesquieu había dejado caer en sus Cartas Persas refiriéndose precisamente a las Batuecas-Hurdes: “Los españoles que han descubierto el Nuevo Mundo todavía no conocen su país: hay en sus montañas comarcas que les son desconocidas”.  La voz de las Hurdes del diccionario de Madoz es muy minuciosa y exacta pero también negra: “alquerías situadas en las profundidades, huertecillos siguiendo los arroyos […] panorama tristísimo y salvaje, nunca hollado al parecer por la planta del ser humano”. Y concluye con enorme pesimismo y amargura: “¿Y vivirá siempre este país sumido en tanta miseria y entregado a su estúpida ignorancia? […] la miseria y abyección no es culpa suya sino de la nación que los deja olvidados y desatendidos”. En cambio, en la  España inexplorada de los cazadores británicos Chapman y Buck, el retrato es inmisericorde: “Quiénes son –se preguntan-  estas agrestes tribus  que, en una miseria y estado salvaje increíbles en la moderna Europa, siguen fieles, con una tenacidad solitaria a estas inhóspitas espesuras. […] Masa de montañas monótonas, matorral reducido a la perpetua jara pringosa, alquerías hundidas en los abismos que no alcanza ni un rayo de sol entre noviembre y marzo, tugurios parecidos a madrigueras, harapos por vestimenta, conviven con cerdos y cabras, degradación que  lleva a las mujeres a criar niños expósitos de los hospitales de Ciudad Rodrigo o Plasencia, hasta cuatro bebés, con ayuda de una cabra…”. Todos los tópicos están ahí, incluido el de esa práctica de los “pilos”. Y nadie descarta la idea de que en diversos momentos las Hurdes hayan sido refugio de fugitivos y expulsados, judíos, moriscos, protestantes.

Mitos y leyendas empiezan a cambiar, a finales del siglo XIX y principios del XX, gracias al trabajo de antropólogos y etnólogos, y sobre todo de destacados hurdanos que publican la revista Las Hurdes

En 1908 se celebra un Primer Congreso de Hurdanófilos. Y es esta llamada de atención la que precipita los acontecimientos: la iniciativa del ministerio de Fomento para construir caminos y carreteras, la comisión sanitaria en la que participaron Marañón y Gayangos que seguían la senda trazada por el doctor hurdano y político Ángel Pulido, conocido por su campaña filosefardí.  Y por fin una primera visita del Rey en 1922 a las Hurdes trágicas, acompañado de ingenieros de caminos, agrónomos y montes, y otra segunda en 1931, que puso de manifiesto que poco de lo prometido se había realizado.

Fue Unamuno, venerado por Legendre, quien puso a este en contacto con Marañón. Y fueron quizá Unamuno y Legendre juntos los que convirtieron, probablemente sin intención, el drama de las Hurdes en el mito de la dignidad de la miseria. Hicieron juntos la ascensión a la Peña de Francia, y en el silencio de las cumbres, admiraron, escribe Unamuno en 1911 (en “El silencio de la cima”, publicado en Los lunes del Imparcial y recopilado luego en Andanzas y Visiones) “esa desconocida España […] que conserva en el alma toda la primitividad del granito, que descansa y sueña”. Para añadir en 1914 cuando atraviesan las Hurdes de sur a norte que: “Las Hurdes o Jurdes tienen de antaño el prestigio de una leyenda, y cuantos van a ellas, a ellas van, dense o no clara cuenta de ello, o a corroborar y aun exagerar la tal leyenda, o a rectificarla. Y no creo haber estado libre de ese sentimiento.” Pero sobre todo, el escritor concluye: “Una región que la gente dice que es la vergüenza de España, y Legendre, el honor de España”.  Para darle la razón Legendre concluye su libro con estas palabras: “El fenómeno geográfico que hemos estudiado y que nos ha parecido al principio una monstruosidad, es en fin de cuentas uno de los episodios más gloriosos, y también más españoles, de las  relaciones del hombre con la tierra”.  Ya tenemos a las Hurdes convertidas en resumen de España, la lucha contra un medio hostil en deseo de independencia y la miseria en majestad, para hacer llevadero el sufrimiento: lo critica Ridao y tiene toda la razón.

La conclusión de Marañón había sido muy distinta: el problema de las Hurdes era ante todo un problema sanitario. Más allá de leyendas y mitos románticos, los hurdanos eran españoles como los demás, pero con más hambre, y más enfermos: “Las Hurdes son un inmenso repliegue montañoso habitado por enfermos que parecen haber salido del hospital sin estar curados”.

Vuelvo ahora al documental de Buñuel y a la inspiración que encontró en Legendre. Ya he dicho que reconoció en el “magnífico libro de Legendre” el impulso para filmar una especie de “geografía humana de las Hurdes”.  Obtuvo de un amigo anarquista el poco dinero necesario, y de sus amigos parisinos de izquierda la cámara y el técnico para rodar. Apenas tardaron dos meses en filmar la película: salían todos los días al amanecer desde una casa de las Batuecas en que se habían instalado y volvían, muertos de hambre, por la tarde. También Buñuel se confiesa inmediatamente seducido por esas montañas desheredadas, y sus miserables habitantes, a la vez tan inteligentes y tan apegados a su tierra: a esa literalmente tierra sin pan.

Lo verdaderamente llamativo es que la forma misma de la película se amolda al libro de Legendre. Las planchas fotográficas del autor francés son glosadas casi literalmente por la cámara de Buñuel. Así lo pusieron de manifiesto Agustín Sánchez Vidal y Javier Herrero Navarro, comisarios de una exposición que se celebró en 1999 sobre el documental de Buñuel en el Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo. “Existe una mecanismo de identificación  subconsciente entre la perspectiva, ahora diríamos mirada, adoptada por Legendre y las propias intenciones creativas de Buñuel en su momento vital”, dice Herrero Navarro: es la mirada del de fuera, distante, por muy curiosa, asombrada y piadosa que se vuelva. Las imágenes se suceden con su enorme dureza y las escenas parecen sorprendidas en una curva del camino, al paso de los cineastas:  la perspectiva general del intrincado relieve;  el plano desde arriba de los tejados de Ladrillar o de Martilandrán que Buñuel compara con el caparazón de un animal monstruoso; las terracillas en torno al meandro de un pequeño río que se ve muy al fondo, testimonio de tanto trabajo para construirlas; el relato filmado de la caída de las mulas que llevan las colmenas a La Alberca, y que son atacadas hasta la muerte por los enjambres de abejas; la cabra despeñándose; los niños en harapos llamados a la escuela para escribir en la pizarra que “no hay que codiciar los bienes ajenos”; el anuncio de la muerte de la niña que hemos visto temblar de fiebre; y el ritmo minimalista y monocorde con que son presentadas las personas con bocio; los cretinos de los pueblos, que se suceden en el documental, subrayados por una voz neutra: “Un espécimen de cretino… otro cretino… un cretino casi salvaje”. También los enanos, todos ellos fotografiados igualmente en del libro de Legendre. Y sobre todo la muerte, esa muerte omnipresente, que recorre los pueblos, que acompañan los duelos, con  el inefable vadear del cortejo fúnebre pasando el cadáver de mano en mano, para trasladarlo a un pueblo con cementerio.

A estas alturas, puedo aventurar que lo que une ambos relatos es la estructura narrativa, la transcripción de los hechos, la pretensión de ofrecer la realidad de un modo objetivo. Es la mirada “realista” de la tradición geográfica de Vidal de la Blache, la que les aproxima, más allá de las intenciones, el realismo documental que ambos encuentran, o creen encontrar, en la presentación directa de la realidad. Pero de hecho no es el simple registro de un acontecimiento por alguien que se halla presente por casualidad, sino el propósito en ambos casos de “representación”, de hacer representar a los protagonistas su propio papel. En el discurso del geógrafo el efecto se obtiene situándoles en el relato de su modo de vida, de sus usos y costumbres, haciendo como dice Legendre, que “lo inverosímil sea lo cierto”. En la película logrando presentar las cosas con una precisión extrema, de modo que se descubre su aspecto secreto, irreal, excesivo. Lo dice muy claro Herrero Navarro: es la estrategia creativa prototípica de la tradición realista del barroco español, la visión amarga de España. Y Buñuel es muy consciente de ello ya que el narrador comenta: “El realismo mismo de un Zurbarán o un Ribera quedan muy por debajo de esta realidad”.

“Filmé lo peor, es verdad, reconoció Luis Buñuel. Si no, ¿a qué iba a ir?” De hecho hizo añicos el viaje del Rey, hizo un documental del anti-viaje, lo dejó en lo que creía él que realmente era, una simple excursión recreativa y excitante. Marañón no le ayudó porque no lo aprobaba. No sabemos cuál fue la reacción de Legendre. Pero sí que fue Buñuel quien le hizo entrar en la historia.

Desde hace más de treinta años, antropólogos, sociólogos, historiadores y geógrafos se dedican a contradecir las tesis de Legendre y Buñuel, a denunciar la invención de la tradición, a señalar que había muchas más “Hurdes” en la Península Ibérica, o a la inversa a poner de manifiesto que las Hurdes no eran tan Hurdes. La Alberca, las Hurdes son hoy una comarca turística en donde las haya. Siguiendo la tesis de Ridao, ha triunfado la mirada ilustrada y pragmática sobre la denigratoria y a la vez exaltada. Pero ¡cuidado! : la “leyenda negra de las Hurdes” se ha convertido hoy en uno de sus más importantes  recursos turísticos.  Confiemos en que como en otras ocasiones (por ejemplo con la leyenda negra americana)  no se excedan en la tarea.

Las Hurdes

Imágenes paralelas de Maurice Legendre (1926) y del documental de Buñuel (1933)

Las Hurdes y Las Batuecas del Atlas de Paisajes de España, autores: Mata Olmo, R. y Sanz Herráiz, C. 2003

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