Al hablar del siglo XX hidráulico español nos hemos cansado de repetir el eslogan regeneracionista, que no recuerdo si se atribuye a Costa, de “que ni una gota de agua vaya al mar sin rendir el debido tributo a la tierra”. Ahora me entero que Parakramabahu, el gran rey ceilandés del siglo XII,  el constructor de las grandes obras hidráulicas de la capital de la época, Polonnaruwa, lo había dicho exactamente en los mismos términos: terminantes sí, pero contradictorios, como me advierte el presidente de la RAI, especialista mundial en riegos, las gotas que rinden tributo a la tierra, no van al mar, por supuesto.

Sri Lanka (nombre que recuperó oficialmente en 1972,  en sustitución del de Ceilán que le impusieron los colonizadores británicos) es deslumbrante. Lo es para toda persona con sensibilidad ambiental, cultural, antropológica y paisajística. Para una geógrafa es además, recurriendo al neologismo galicista que usa mi gran amigo, Fernando Sanz Ridruejo, epustuflante. La isla es un verdadero laboratorio geográfico.  De “solo” 65.610 km2 (es decir, por comparar, unos 20.000 menos que Andalucía, y unos 20.000 más que Aragón) la presencia de un Macizo Central precámbrico roto y tectonizado (dividido en tres conjuntos),  que culmina a más de 2.500 m , y el régimen del doble monzón confieren a esa “lágrima” desgajada de la península del Decán, categoría de verdadera “isla continental”, una gran variedad topográfica y biogeográfica y  un escalonamiento paisajístico. En estas condiciones bioclimáticas y pese al dominio de los suelos lateríticos, con poco humus al ser arrastrado por las lluvias violentas, la vegetación es muy rica, en función de la exposición, la variación y la especiación, con pluvisilva de fastuoso dosel arbóreo en las zonas húmedas y montañosas, bosque siempre verde en las intermedias, con presencia de algunas caducifolias, y matorral espinoso en las bajas secas.

Es reclamo turístico habitual decir que, por su escaso tamaño, Sri Lanka es fácil de recorrer y de percibir. No es del todo cierto porque las distancias tienen que medirse en tiempo y los recorridos son ajetreados. No puede estar más desafortunada la Guide Bleue cuando compara a Sri Lanka con Benelux [¡menuda exhibición de eurocentrismo!] y tampoco acierta la Lonely Planet que asegura que en un día se puede ver el descomunal yacimiento arqueológico de Anuradhapura por la mañana, ir a un concentración de elefantes en Kandy y hacer surf por la tarde en las playas del sur. Mi experiencia, tras el magnífico recorrido que hice con la Sociedad Geográfica Española entre el 5 y el 17 de diciembre 2015, es que se necesitan más días para toda la isla. Y que no está de más singularizar bien los tres ámbitos principales: el triángulo arqueológico del centro norte, récord sin duda de justísimos patrimonios de la humanidad, las montañas centrales, y los litorales suroccidental y suroriental, sus espacios naturales, sus marismas, sus playas y sus puertos históricos, portugueses y holandeses como es el caso sobresaliente de Galle. En el norte de la isla y la península de Jaffna, capital cultural de los tamiles, arrasada con enorme crueldad en los últimos años de la guerra (terminó en 2009), sigue estando prohibida la visita de extranjeros.

La doble circulación monzónica (del NE el de invierno, entre diciembre y abril, del SW en verano entre junio y setiembre) gira en torno al bloque montañoso y añaden al contraste entre Tierras Altas interiores, Tierras intermedias [se reconocen tres niveles de superficie de erosión, hasta 300m, de 300 a 800, y por encima de los 900, entre 1.500 y 1.800 m]  y Tierras bajas y llanuras litorales, el existente entre una zona húmeda (por encima de 2.500 mm/año) y otra seca, que se extiende por todo el norte, el este y el sureste, lo que no impide que de octubre a enero algunas partes reciban más 1.500 mm/año, a veces 300 mm/mes. Pero hay que tener en cuenta que la evaporación es en estas latitudes de un 50% y la infiltración de 20%, lo que ha convertido a la regulación y distribución del agua en el principal problema de las sociedades agrícolas tradicionales y, a las obras hidráulicas en motor geopolítico histórico y de ordenación territorial.

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Fte. Ashton, Gunatilleke y otros, 1997

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Fte. Ashton, Gunatilleke y otros, 1997

En las condiciones orográficas descritas, es fácil comprender que la red fluvial tiene un carácter radial, “despeñándose” los cortos ríos hacia el mar, por seguir con las metáforas regeneracionistas, salvo el río Mahaweli Ganga (“el gran río de arena”), el más largo de la isla, y el objeto de la gran planificación hidráulica actual, que  en su curso alto medio tiene un rumbo Este, para tomar luego la dirección Norte definitiva.

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Relieve y cuencas fluviales Fuente. Sandun Perera. The making of biodiversity hotspot: Sri Lanka

Las circunstancias son pues las propias de lo que Wittfogel en 1957 calificó de civilizaciones hidráulicas, donde la colonización agrícola a gran escala depende de los grandes trabajos públicos de irrigación. Sin duda, en Sri Lanka con más de 2.500 años de historia hidráulica, las monarquías se basaron en la construcción de presas y conducciones del agua y en su administración y control. Pero hay que tener en cuenta también la importancia de la economía campesina, basada en que cada aldea, cada pueblo tuviera una balsa (tank) de agua para los campos de arroz de su terrazgo, aunque con ello no pudieran escapar a las sequías. Lo estudió el antropólogo inglés Edmund Leach al hacer la historia del pueblo de Pul Eliya, a unos siete km de Anuradhapura, de sus clanes y sus familias: concluye que más importancia que le estructura de parentescos, ha tenido la naturaleza territorial del lugar, su estructura territorial. De los cerca de seis mil pequeños embalses campesinos existentes en Sri Lanka, la mayoría son antiguos, como muestran las inscripciones halladas, aunque es evidente que no todos han tenido continuidad de uso. Fue también Leach quién estudió cómo se abrían y cerraban las compuertas y quien dibujó el ingenioso procedimiento de distribución tradicional del agua en las sociedad campesinas.

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Pero, sin duda las obras hidráulicas, que asombran, incluso en un recorrido tan rápido como el que nosotros hicimos por el llamado Triángulo Cultural srilankés, son las que se llevaron a cabo por los monarcas cuyas capitales estuvieron sucesivamente en Anuradhapura (con el máximo esplendor en siglo III a.C.), Sigiriya (siglo III d.C.)  y Polonnaruwa (siglo XII d.C) (más otras capitales eventuales).  Es extraordinario el número y tamaño de los embalses, las conducciones subterráneas de las que se ven las compuertas, canales y caceras superficiales, aliviaderos, también verdaderos trasvases. Para ejemplo, el Parakrama de Polonnaruwa estaba comunicado con otro a unas decenas de kilómetros para mayor seguridad de no sufrir escasez. Cuenta la leyenda que el constructor de la fascinante ciudadela de Sigiriya, el rey parricida Kasapa (473-491), temeroso de que heredara su medio hermano el reino, conminó a su padre a que le entregara el tesoro de la corona: el padre le condujo entonces al embalse de Kalawewa, y le dijo que aquella obra era su único tesoro.

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Compuerta de Madura Oya. Fte. Flicks

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Fte. Google maps. El entorno hidráulico de Anuradhapura.

Historia o mito, es difícil saberlo.  Aunque la historia antigua de Sri Lanka es relativamente bien conocida gracias a una crónica, Mahavamsa, que arranca en el siglo III a.C. y que tiene mucho más sentido de la evolución histórica que el Ramayana. Un grupo de indios que se proclamaban Hijos de León (Sinhala: singaleses) habrían desembarcado en Sri Lanka el mismo día de la muerte de Buda (483 a.C.), concordancia cronológica que explica que Sri Lanka se considere reserva del budismo: puedo dar testimonio de con qué tenacidad y esfuerzo seguimos la huella de la reliquia del diente de Buda que está ahora en Kandy, en uno de los templos más frecuentados y que motiva, por lo visto, un extraordinario festival en el mes de agosto, con la presencia de cientos de elefantes.

Pero algo se hace evidente en los recintos de los grandes yacimientos arqueológicos, que coincide con la tesis de Wittfogel, por muy discutida que esté y por mucho que yo no tenga ninguna autoridad  al respecto. El auge de estas civilizaciones antiguas srilankesas del Norte y del Centro de la isla se debe a la estrecha alianza entre las monarquías y las comunidades budistas, de manera que el ejercicio del poder necesitaba una sanción religiosa, de ahí la importancia de los monasterios en los recintos palaciegos. En Anuradhapura un viajero chino habla de 600 monjes en la ciudad, y diez veces más en todo el reino. Quedan 1.800 columnas o pilares del llamado (por su cubierta) Palacio de cobre, residencia monacal de nueve pisos. Lo mismo pasa en las otras ciudades. La autoridad real, más en el caso de Anuradhapura que en el de Polonnaruwa, distaba de extenderse a toda la isla, era más bien territorialmente reducida: subsistían poderes locales y hubo usurpadores eventuales. Pero sin duda le competían las obras y la ordenación territorial. Toda la red de infraestructuras, templos, estupas, palacios, hospitales, monasterios, piscinas, aguas termales, etc. no solo pasman, sino que muestran el íntimo vínculo entre los monarcas y los sacerdotes. Porqué colapsaron estas civilizaciones no está suficientemente claro: exceso de ambición, invasiones tamiles del Norte, desagregación interna de los estados, recrudecimiento del paludismo, etc.

Como geógrafa, lo que más me interesa es el minucioso conocimiento del terreno que demuestran las obras y lo integradas que están en el paisaje. Los primeros represamientos se hacen en las cascadas, a razón de 3 a 15 por cada, para reunir luego la circulación en subcuencas y estas a su vez en el conjunto de la cuenca fluvial. Con ello, el manejo se podía hacer por cascada o para todo el sistema. Los muros de contención en las cascadas, los represamientos, los embalses muestran una cuidadosa selección de emplazamientos, lo que suponía una gran sabiduría del terreno, de los accidentes topográficos y los cursos de agua, de la naturaleza de las rocas y de su morfología, sus fracturas, diaclasas, arenización, su resistencia a la infiltración, con el fin de lograr la máxima eficiencia en el manejo del recurso. Para todo ello hacían falta canteros diestros y capacidad de compactación del suelo, también de transporte de sillares con animales y rodillos. Parece que no es cierto que se utilizaran elefantes para compactar el suelo del fondo de los embalses. Pero sí para endurecer los fundamentos de los muros de contención.

Me detengo ahora en Sigiriya (de preferencia sobre las otras dos grandes capitales) porque es uno de los casos de arquitectura civil  y de planificación urbanística en una sola fase mejor conservados de Asia, también uno de los más antiguos, de hace 1500 años: el complejo real tiene tres km de largo por uno de ancho. La ciudadela se construyó sobre un bloque granítico elevado a unos 200 metros sobre el entorno, de forma elíptica y cumbre plana en el que están los restos del palacio de más de una hectárea. El complejo tiene una muralla exterior no cerrada por el lado Este, otra interior, dos fosos y canales, un pantano, con mecanismos para elevar el agua hasta el palacio. Los jardines de abajo, pero también los de la sección rocosa, se caracterizan por la voluntad de ordenar los espacios y de buscar planos y perspectivas: cada piedra, cada sillar, cada muro están tallados y supeditados a la armonía de conjunto. Los estanques y las piscinas, de construcción geométrica, crean la impresión de espejos, de fondo blanco y cantos rodados, en los que circula el agua. Espacios de sombra y de armonía para estar, para reposar. Probablemente, como en la India, haya influencia persa y sasánida del manejo de los espacios. En el batolito, a medio ascender, el famoso muro espejo, revestido de cal que protege los 23 frescos de las “doncellas de las nubes” que muestran escenas gozosas y encuentros amorosos. ¡Cuando en Europa estaba iniciándose el medievo!

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Sigiriya. Perspectiva y palacio en la cumbre

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Sigiriya. Perspectiva y plano. Fuente Unesco. Patrimonio de la humanidad 1982.

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Los jardines de Sigiriya desde lo alto del palacio. Fte. Wikipedia

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Detalle de los jardines de Sigiriya. Foto JGM.

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Las doncellas de las nubes. Fresco Sigiriya. Foto JGM.

Los jardines de Polonnaruwa tienen la misma capacidad de crear a la vez espacios abiertos y lugares de paseo y sosiego, pero no fue, como en Sigiriya, un solo proyecto sino distintos momentos de diseño y reconstrucción. Sería osado por mi parte, y no lo voy a hacer, hablar de la arquitectura antigua  srilankesa: en muchos lugares está reproducida en imágenes y comentada mejor de lo que yo lo haría. Estudiarla, escudriñarla me ha servido en todo caso para recuperar de la biblioteca de José un estupendo Vocabulario de arquitectura y construcción de Ignacio Paricio (Bisagra, 1999), que muestra, reunidos los términos por bloques analógicos, la extraordinaria riqueza y precisión de nuestra lengua al respecto.

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Jardines de Polonnaruwa, Foto JGM

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Jardines de Polonnaruwa Foto JGM.

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Jardines de Polonnaruwa y Buda dormido. Foto JGM.

Tampoco me atrevo aquí a entrar en detalles sobre la morfología granítica que tanto me gusta, quizá por mi origen meseteño, quizá por ser amiga de una buena conocedora de la Pedriza,  (por cierto, también existe en castellano un vocabulario del granito muy rico que está en riesgo de desaparecer). Pero no me resisto a reproducir una imagen de las cuevas-templo graníticas de Dambulla. La integración con la roca es tal que en algunos de los bajos relieves  y frescos interiores se aprovechan infiltraciones del agua por diaclasas para representar un curso fluvial.

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Templos-cueva de Dambulla. Foto JGM

Los paisajes de las Tierras Altas son muy distintos. Por la altitud, por la pluvisilva, pero sobre todo porque se va imponiendo el cultivo del té, que cubre las laderas. Es el territorio por antonomasia de la colonización británica: lograron hacerse con Kandy, la última capital, inexpugnable hasta entonces, que se había resistido a los holandeses. Y que por cierto también tiene un lago extraordinario. Entre Kandy y Nuwara Elya, al pie de las grandes cumbres, se hace particularmente patente lo que son plantaciones a esas escalas, capaces de cubrir territorios de esa dimensión: los pusieron en producción los ingleses trayendo de la India millares de trabajadores tamiles en condiciones de semi-esclavitud, lo que con el tiempo contribuirían al conflicto social y étnico.

Llama la atención el cierto surrealismo británico de Nuwara Elya, esa “pequeña Inglaterra”, sin embargo plenamente srilankesa, donde cientos de tuk tuks circulan frente a cabinas de teléfono rojas, a un edificio de correos netamente británico, alrededor de un parque enteramente inglés, el campo de golf,  las pistas de carreras de caballo, etc. Y sobre todo, cottages, muchos cottages, porque aquí vivieron plantadores, primero del café y luego del té, que se habían hecho con la tierra a muy bajo precio (que les pusieron a sus haciendas los nombres de sus zonas de origen; Yorkshire state, etc.) aplicando en su colonia considerada modélica, la legislación anti “commons”, “the tragedy commons”; y desarticulando por tanto la sociedad rural tradicional. También veranearon allí los administradores coloniales, luego los ricos ceilandeses, y pronto los turistas británicos todos convencidos de encontrar en este trópico montañoso de temperaturas algo menos altas (pero mucha mayor humedad) algo parecido al clima inglés.

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Fte. Ashton, Gunatilleke y otros, 1997

La producción de café ya había dado lugar a una economía de monocultivo para la exportación, pero aún participaban agricultores locales. Su ruina a partir de una enfermedad, dio lugar a la alternativa de plantación a gran escala de te negro (después de algunos intentos de cultivar cinchona) para abastecer el mercado británico lo que determinó un enorme cambio de escala, muchos más requerimientos de capital y movilizó a otros actores económicos dejando al margen a los cultivadores locales. Como es habitual en estas situaciones se produjo la inversión preferente en infraestructuras de transporte para la más rápida salida del té, a expensas de posibles inversiones en riego. El arroz, siempre con baja productividad , entró en crisis y la economía campesina también. Como ha estudiado hace unos años Roland Venzlhuemer (From coffee to tee cultivation in Ceylan (1880-1900), Brill, 2008), fueron años de enorme cambio social, con la creación de nuevas élites, no solo entre los plantadores, también entre los comerciantes e intermediarios locales, la construcción de una clase administrativa y la provisión de educación y otros servicios sociales, mientras se agudizaban las diferencias religiosas. En nuestro viajes tuvimos ocasión de ver en el campo a las trabajadoras recolectoras, con los capazos, que una vez cargados llevaban a la fábrica del Pedro Tea Estate, a unos kilómetros de Nuwara Elya, construida en 1885 y que conserva maquinaria histórica. La empresa alardea a la entrada con grandes caracteres y fotos de producir té de gran calidad (lo que es cierto) y también natural y sostenible, sin proceso químico alguno: lo que ya no parece tan sostenible son las condiciones de trabajo en la fábrica, donde la temperatura era de 38 grados.

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Campos de te de Nuwara Eliya. Foto JGM

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Entre Nuwara Eliya y Ruwana Falls. Foto JGM

El descenso de las montañas hacia el Sur es impresionante, aún más que la subida desde el Norte, y está subrayado por numerosas cascadas que literalmente se despeñan. Los paisajes se van sucediendo, la trama de los campos de té no se interrumpe, pero se hibrida aquí algo con la entrada de otros cultivos, que parecen dar testimonio de un cierto dinamismo, selvas, abismos, hasta que se entra en nuevos ámbitos, los de las sabanas, los matorrales, y ese espléndido y descomunal parque nacional del Yala en el SE.

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Ruwana Falls Foto JGM

En la costa oeste, pasado Galle en la ruta hacia Colombo, está Lunuganga, la casa y la propiedad del arquitecto srilankés Geoffrey Bawa, que las adquirió en 1947, las restauró y remodeló en varias ocasiones a lo largo de su vida. Ahora es la sede de su fundación. Si lo traigo aquí a colación es porque el diseño tiene que ver con la gran tradición paisajística jardinera que he estado evocando: mucha agua (jardín del agua), escaleras, perspectivas, terrazas separadas por un pequeño zócalo, verandas, pérgolas, céspedes apabullantes, usos tradicionales. Es una búsqueda de unión entre lo moderno y lo tradicional, del Este y el Oeste, lo formal y de lo pintoresco, tratando de romper la distancia entre lo interior y lo exterior, entre la construcción y el paisaje.

Estoy leyendo estos días los Diarios de Jaime Gil de Biedma (1956-1985) en que narra su estancia en Manila como secretario general de la Compañía de Tabacos de Filipinas. Me llama la atención que en su primer viaje, al hacer escala en Colombo, apunte: “Un lugar extraño, Colombo, [….]paradisiaco y por eso causa angustia”. Y añade unos versos de T.S. Eliot: “mixing/ memory and desire, stirring/ dull roots with spring rains”.

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Lunuganga. Geoffrey Bawa. Fotos JGM

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Lunuganga. Geoffrey Bawa. Fotos JGM

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Monumento 2008 a las víctimas del tsunami 26 diciembre 2004

Bibliografía

  • Ashton, Mark S., Gunatilleke, Savitri, Neela de Zoysa, Dassanayake, M.D., Gunatilleke, Nimal and Wijesundera Siril. A field guide to the common trees and shrubs Sri-Lanka, VHT Publications, 1997.
  • Gunaratna, Rohan. Sri Lanka, Bonechi World Publisher, 2014.
  • Leach, E.R.: Pul Eliya. A village in Ceylon. A study of land tenure and kinship. Cambridge University Press, 1961.
  • Lonely Planet: Sri Lanka, 2015
  • Ocoa Travel Consulting. Sri Lanka, la antigua Ceilán (05-16 diciembre 2015). Documentación de viaje
  • Perera, Sandron: The makings of a biodiversity hotspot: Sri Lankppt.
  • Siriweera, W.I. Heritage of Sri Lanka, Colombo, Darawansa Jarakody, 2013.
  • Tennakoon, M.U.A. “Hydraulic Civisation of Sri Lanka. Past, present and future”, 4th Training programme onn “Water for all. Lessons learyt and meeting future challenges, Sri Lanka 4-10 november 2006. ppt.
  • Wenzlhuemer, Roland, From coffee to tea cultivation in Ceylon, 1880–1900: an economic and social history, Leiden: Brill, 2008

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