He estado dos veces en China, y ambas poco tiempo y de forma precipitada, pero con la ventaja de unos recorridos muy parecidos, y de que entre ambas hayan transcurrido casi treinta años, lo que me permite comparar percepciones y fotografías. La primera vez fue en junio de 1984 con ocasión de una viaje oficial de carácter académico, acompañando, como Rectora de la Universidad Autónoma de Madrid, a la Secretaria de Estado de Universidades Carmina Virgili, y junto con su Secretario General, Joaquín Arango y el Rector de la Universidad Autónoma de Barcelona, Antoni Serra i Ramoneda. Fue un viaje inolvidable, en el que visitamos Pekín, Xi’an, Shanghai y Hangzhou, estas en el delta del Yangtse: entrábamos en contacto con esa China para nosotros misteriosa y hermética, que tantos sobresaltos había producido en los últimos años. En junio pasado, veintiocho años después, he ido como turista, empezando por Beijing, y siguiendo por más ciudades del delta, Nanjing, Suzhou, de nuevo Hangzhou, terminando en Shanghai.  En aquél entonces viajamos en avión y solo de Hangzhou a Shanghai en un tren vetusto en el que había bastantes campesinos. En junio pasado, en todos los casos fuimos en trenes de alta velocidad, a 300 km por hora, con más pasajeros que asientos. Esta vez, en vez de burócratas del Partido, nos acompañaban guías, que todos nos facilitaban los nombres españoles que se habían puesto, Julio, Nati, Cristina, Sabrina, Cecilia, Juan Carlos…

La impresión que me domina de las dos experiencias es la de una cierta inverosimilitud ante las transformaciones ocurridas, como si entonces yo hubiera conocido ciudades muy anteriores, como si el tiempo se hubiera estrechado, y hubiera asistido a las demoliciones de Haussmann y similares, a los grandes desventramientos de tejidos urbanos antiguos, las primeras percées de grandes calles. Sostiene la literatura académica al uso sobre la urbanización china, que sus ciudades están convergiendo hacia un modelo occidental, recorriendo “una transición” acelerada. No voy a discutir ahora esta tesis, que lo merece, solo señalar mi perplejidad porque las dos grandes ciudades chinas me siguen pareciendo, en el recuerdo y las imágenes de 1984, más cercanas, más abordables, y más aprehensibles que las actuales. Y eso que las ciudades son –o deberían ser– memoria. En la colección de fotos colgada en el blog, se pueden ver los ambientes urbanos de Beijing y Shanghai tal como los vi en 1984 y en 2012. [Ver galerías fotos: Beijing 1984 y 2012, Shanghai 1984 y 2012].

Tres hechos me llamaron particularmente la atención en aquel primer viaje, además naturalmente del tránsito continuo de tantas bicicletas y de su ruido, que era el dominante. Cobran nueva dimensión a la luz de los dramatic changes –como dicen todos y cada de uno de los autores angloamericanos que han escrito sobre ellos–, de los cambios radicales  sufridos por Beijing y Shanghai.  En primer lugar, la potencia de la agricultura periurbana, de los espacios agrícolas que las rodeaban. Después, el mal estado de la ciudad tradicional,  las demoliciones y desalojos que se estaban llevando a cabo en ambas, abriendo o ampliando las grandes vías de circulación. .Y por último la extensión enorme de Bejing, una  ciudad baja de gran tamaño, en la que solo sobresalían sobre los bellos planos de los tejados de la Ciudad Prohibida, y de la ciudad vieja, los numerosos bloques —y esqueletos de bloques— que se estaban construyendo por doquier en lugares sin urbanizar, y de estilo internacional. Esos nuevos perfiles sí respondían a lo que conocíamos de la construcción en Madrid o en Barcelona de los veinte años anteriores. Recuerdo que, como los burócratas del Partido que nos acompañaban, hablaban continuamente de que la China postmaoísta de Deng Xiaoping había emprendido “las cuatro modernizaciones”, y nosotros lo que veíamos era aquella proliferación de bloques abiertos, Joaquín Arango acuñó la divertida expresión de “las Cuatro Modernizaciones y la primera Moratalización”.

Hacía poco que yo había estudiado la frágil agricultura periurbana de Madrid y me quedaba asombrada viendo la extensión de la que rodeaba Beijing, que atravesábamos al ir a nuestro nuevo y lujoso hotel periférico. Unos amplísimos campos verdes desde los que se veía en el horizonte el perfil de la ciudad, o de las nuevas construcciones urbanas con las grúas como avanzadilla. La ciudad de Beijing presentaba entonces, al menos en aquella dirección, unos límites muy nítidos, una notable contraposición de lo urbano y de lo rural, que ahora parece  inconcebible dadas las inmensas  periferias suburbanas y periurbanas mixtas e híbridas, que he visto este año, (esta vez sí, dramáticas) no ya en torno a Beijing, sino alrededor de las ciudades del Yangtse, o mejor dicho ininterrumpidamente a lo largo del corredor que sigue el antiguo Gran Canal desde Nanjing hasta Hangzhou.

Han cambiado no solo las ciudades, también la concepción de las mismas, o mejor dicho se han ido sucediendo diversas y solapadas concepciones urbanas. Durante el Maoismo (1949-1976), predominó una concepción urbana productiva que quiso industrializar las ciudades al modo socialista, centros de producción que sustituyeran a los centros consuntivos y se abastecieran del campo que las rodeaba. Pero hay algo más que explica que esa extraordinaria separación del campo y de la ciudad se pudiera visualizar hasta tal punto en los años ochenta: el que siguiera imperando de forma estricta el registro de residencia permanente, el hukou, que creaba lo que se ha llamado expresivamente “murallas invisibles” de las ciudades. El hukou de los comunistas, impuesto desde 1949,  se cargó de contenido ideológico, se trasladó a toda la población, urbana y rural, para convertirse en una forma eficacísima de control social, previniendo o impidiendo la migración del campo a la ciudad.  En efecto, los que disponían de un hukou urbano recibían del Estado sus raciones de alimentos básicos, de combustible, y sobre todo una vivienda (o una parte de ella), mientras que un campesino, registrado como tal, emigraba a la ciudad, tenía que proveerse a sí mismo de todo, en una sociedad que carecía de mercado. Lo que sin duda retrasó  las grandes oleadas de inmigración del campo a la ciudad que, como se sabe, han afectado a varios centenares de millones de personas,  cuando la institución del hukou se suavizó.

Habían comenzado las demoliciones de las casas y tejidos urbanos tradicionales, que aún hoy se están consumando, en proporciones inconcebibles en las ciudades europeas también de larga historia, y eso que las reformas urbanas masivas han sido uno de los procesos más traumáticos del urbanismo europeo de los siglos XIX y XX.  En Beijing, han desaparecido de esta forma  la gran mayoría de las más de 6.000 calles tradicionales o hutong (de  hottog, pozo o punto de agua) y de las casas de patios (siheyuan).  Los más espectaculares de estos eran los que estaban unidos entre sí por galerías cubiertas sobre pilares de madera lacada y con claraboyas: algunos eran medievales, pero la mayor parte habían permanecido intocados desde el siglo XVI. Parece que durante el primer decenio de esta nueva fase  se han destruido al ritmo de 600 por año. Pero lo que más melancolía produce es que la mayor de los hutong que quedan han sido reformados y habilitados para la atracción turística, en función  del negocio de la nostalgia, o son adquiridos a precios de oro por los nuevos ricos. Lo que no evita que haya algún  artista nostálgico que dibuja  recuerdos  y una pequeña ONG consagrada a la recuperación del patrimonio chino. [hutong, hutong]

La transformación de Shanghai ha sido brutal y creo que la más acelerada e impactante de cualquier ciudad del mundo. En el plazo transcurrido entre mis dos viajes, he podido comprobar cómo la nueva zona de Pudong en la orilla derecha del río Huangpu ha surgido de la nada, sobre zonas cultivadas hasta el año 1990, siendo hoy conjunto con voluntad de desafiar al propio Manhattan. Sus rascacielos compiten entre sí en altura, en iluminación esplendorosa, en transmitir  la imagen de una enorme vitalidad, al menos desde fuera, porque no deja de ser una downtown. Me gusta comprobar que en 1984 yo fotografíe la ampliación de las grandes calles, creo que de la Beijing, prolongación de la Nanjing;  me siento como si fuera un fantasma de Clifford. En Shanghai como en Beijing, las demoliciones masivas han ido acompañadas del desalojo de cientos de miles de residentes, enviados a las periferias y a las ultraperiferias, mientras se extremaban los cuidados para la conservación de algunos enclaves de ciudad colonial, más o menos auténticos, quizá los que más, para mayor perplejidad, los de la Concesión Francesa y la Zona Internacional, aquellos en los que en la época colonial se colgaban carteles rotulados «No dogs, no chinese».

En esta “transición hacia la modernidad” de las ciudades chinas, han desempeñado un importante papel las grandes operaciones urbanísticas para acontecimientos de carácter mundial (los Juegos Olímpicos de Beijing de 2008 y la Expo de Shanghai de 2010) cuyos proyectos y edificios icónicos tienen en buena parte firma occidental, han sido premiados en concursos internacionales y concebidos y ejecutados por grandes nombres de la arquitectura del star system internacional. La lista de ganadores (no siempre realizadores) de los concursos impresiona: el británico Richard Rogers para el plan de Lujiazui, distrito financiero central de Pudong, en Shanghai (1991); la firma estadounidense  SOM (Skidmore, Owings y Merrill) para la Beijing Finance Street (1996), que también ganó el plan general de Luwan en Shanghai en 1999; el Olympic Green de Berlin 2008 para Sasaki, junto con el chino Huahui; por no citar el caso particularmente llamativo de que fuera el hijo del arquitecto de Hitler, Albert Speer Jr el encargado en 2003 de la Expo de Shanghai 2010 y en el mismo año del diseño del Boulevard Olímpico de Beijing 2008. Como escribió Nina Khrushcheva las similitudes de Beijing 2008 con  Berlín 1936 no acababan en el nombre del arquitecto: ese gran eje central que pone en contacto la Ciudad Prohibida con la Ciudad Olímpica no deja de recordar el análogo de Berlín realizado por su padre. [Nina Krusheva]

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