12.3.2012 Acto de Homenaje a la Revista de Libros tras cerrar su edición en papel tras once años, revista de gran calidad, y pluralista por la variedad de sus temas así como la independencia e ideológica.

Homenaje 1985-2011

El día 12 de marzo se celebró en el Circulo de Bellas Artes de Madrid un acto que homenajeaba a Revista de Libros, que cierra su etapa de edición en papel así como al equipo de dirección, redacción, edición y demás facetas relativas a la publicación de la misma a lo largo de estos últimos once años.

El acto se abrió con la lectura de unas palabras del Profesor de Historia de la Universidad de Carolina del Norte Michael Seidman, miembro del Comité Organizador del acto, que transmitían la adhesión de colaboradores y lectores de la revista desde el otro lado del Atlántico. A continuación el embajador de España Sr. Javier Ruperez, cedió la palabra a D. Raimundo Ortega, quien en nombre del resto del Comité Organizador resumió los criterios que caracterizaron el quehacer de la revista durante estos años y elogió tanto la tarea de quienes, como Directores Gerentes de la Fundación Caja Madrid, apoyaron la tarea de la revista como el trabajo del equipo que la hizo posible. Intervino a continuación D. José María Merino, escritor y académico de la R.A.E.- igualmente miembro del Comité de Organización del acto- para analizar el papel de Revista de Libros en el panorama cultural español a lo largo de estos quince años. Finalmente y como director de la Revista durante estos tres lustros pronunció unas palabras D. Álvaro Delgado Gal.

Miembros del Comité Organizador del Homenaje

José Álvarez Junco

Roberto Luis Blanco Valdés

Francesc de Carreras

Arcadi Espada

Francisco García Olmedo

Josefina Gómez Mendoza

Santos Juliá

Luis María Linde

José María Merino

Raimundo Ortega

Félix Ovejero

Stanley Payne

Javier Rupérez

Pedro Schwartz

Michael Seidman

María Tausiet

José Luis Zavala

A continuación se reproducen los textos de las intervenciones antes mencionadas.

Michael Seidman

REVISTA IN LATE-TRANSITION SPAIN

The word the best characterizes Revista is pluralistic. It is pluralistic in its range of intellectual inquiry, covering the humanities, social sciences, physical sciences and fine arts. It treats this great variety of subject matter without a fixed ideology and without a party line. Perhaps that is why it has less need of a “letters to the editor” section than, for example, the New York Review of Books or other publications. Revista is also unpredictable. In contrast to most continental European newspapers and news magazines, Revista does not try to confirm the opinions of its readers but may indeed challenge them. Its contributors regard problems from different perspectives. Revista is not searching for the truth, but rather truths. The review keeps an open mind and, therefore, cannot embark uponany sort of crusade.

Revista might be considered a product of either the post-Transition or late Transition. I prefer late Transition since Revista—like the Transition itself—is democratic, open, and curious about the entire world. It has many foreign contributors, which makes it quite different from the Times Literary Supplement or the New York Review of Books, which prefer English-language writers. While reflecting the curiosity of the intellectual world of late-Transition Spain, Revista continues venerable Spanish traditions. It may be the most visually attractive of all book-review magazines in the West. Its graphic artists and, of course, its editor have consistently designed richly colored covers which catch the eye. The advertisements never disrupt the visual flow of Revista’s pages.The beauty of its photographs, cartoons, and reproductions of classical paintings and illustrations contrast sharply with the nearly puritanical austerity of comparable Anglo-American publications. The same unflattering comparison is true of Revista’s website, which surpasses in creativity and attractiveness those of its English-language counterparts.

Historians are usually reluctant to make predictions. Our job is to chronicle and understand the past, not forecast the future. Permit this historian, though, to venture two guesses: First, the printed Revista will become a collector’s item for those interested in design, graphic arts, and magazine layout. Second, future historians will consider it to be an ecumenical representation of the rich pluralism and cosmopolitanism of educated readers in late-Transition Spain.

(versión en español)

“Revista de Libros” en la España del final de la Transición

El adjetivo que mejor describe “Revista de Libros” es el de pluralista. Es pluralista en la amplitud de su búsqueda intelectual, que incluye las humanidades, las ciencias sociales y físicas, así como las bellas artes. Aborda esa gran variedad de temas sin una ideología determinada y sin una obediencia partidista. Quizás por ello necesita menos de una sección de “cartas al director” de lo que por ejemplo exigen la “Revista de Libros del New York Times” y otras publicaciones.

“Revista de Libros” es asimismo imprevisible. A diferencia de la mayoría de los diarios y revistas europeos, “Revista de Libros” no intenta confirmar la opinión de sus lectores sino que por el contrario se atreve incluso a retarlos. Los que en ella escriben observan los problemas desde perspectivas diversas. “Revista” no busca la verdad sin más bien las verdades: mantienen la mente abierta y en consecuencia no se puede lanzar a ningún tipo de cruzada.

“Revista de Libros” podría ser considerada como un producto de la post-Transición o del final de la Transición. Prefiero esta última época, el final de la Transición, ya que “Revista”, como la misma Transición, es democrática, abierta, y curiosa sobre el ancho mundo. Tiene muchos colaboradores extranjeros, lo que la diferencia significativamente del “Suplemento Literario del Times” o de la “Revista de Libros del New York Times”, que prefieren escritores de lengua inglesa. Y mientras refleja la curiosidad del mundo

intelectual de la España del final de la Transición, “Revista” mantiene venerables tradiciones españolas. Seguramente es la revista de libros más visualmente atractiva en todo el Occidente. Sus artistas gráficos, y por supuesto su director, han mantenido un diseño de portada que llama la atención por sus llamativos colores. Los anuncios nunca interrumpen el flujo visual de las páginas de la “Revista”. La belleza de sus fotografías, de sus dibujos, de sus reproducciones de pinturas e ilustraciones clásicas contrastan vivamente con la austeridad casi puritana de publicaciones anglo americanas similares. La misma comparación favorable a la “Revista “puede aplicarse a su página en la red, mucho mas creativa y atractiva que las de sus congéneres en lengua inglesa.

Por lo común los historiadores no se muestran muy inclinados a la profecía. Nuestra tarea es la de relatar y entender el pasado, no la de prever el futuro. Permítanme con todo aventurar dos predicciones. La primera es que “Revista de Libros” se convertirá en una pieza de coleccionista para todos aquellos interesados en diseño, artes graficas y composición de publicaciones periódicas. Y en segundo lugar, que los futuros historiadores la considerarán como una manifestación ecuménica de la riqueza plural y cosmopolita de lectores cultos en la época del final de la Transición en España.

Raimundo Ortega

A finales de 1980 y principios del año siguiente un grupo de amigos (entre los cuales algunos como Pedro García Ferrero, Luis María Linde, Pedro Schwartz, Alfonso Carbajo, Ángel Viñas y yo mismo, se encuentran hoy aquí) se preguntó en Madrid por las razones que impedían contar, en un panorama que comenzaba a renacer después de muchos años de eclipse, con una revista crítica de la actualidad cultural en su más amplia acepción. La respuesta que aquellas personas dieron a esa duda fue la aparición, en octubre de 1981, de la revista mensual Libros. Acogida con enorme interés Libros se convirtió rápidamente en la versión española de la NYRB o el TLS; pero al igual que hoy España se debatía entonces en una delicada situación económica y social y Libros se vio obligada en octubre de 1985 a cesar su actividad pedagógica y plegar sus velas de criticismo ilustrado en espera de circunstancias más acogedoras para empeños tan poco remunerativos.

Esas circunstancias resurgieron once años después, cuando bajo el patrocinio de la Fundación Caja Madrid y gracias a la generosa visión de Alfredo Pérez de Armiñan Revista de Libros (RdL) reapareció en diciembre de 1996, manteniéndose con el apoyo tenaz e igualmente generoso de Rafael Spottorno. Ha de añadirse que ambas etapas contaron, afortunadamente, con una persona que sirvió como puente y aseguró la permanencia de las virtudes que han caracterizado a esta revista, se llamase Libros o Revista de Libros: me refiero a su único director a lo largo de estas dos décadas, Álvaro Delgado Gal, así como a los equipos que en ambas etapas consolidaron la altísima calidad de la publicación: las responsables de redacción; Araceli García Ríos en Libros

y Amalia Iglesias en Revista de Libros, de edición Guillermo Solana y Luis Gago, y otras como Iria Álvarez y Ada del Moral, que prestaron su eficaz colaboración en áreas vitales para la difusión de la revista.

Hoy nos reunimos para ofrecer un homenaje tanto al grupo de personas que lo hicieron posible como al medio de difusión que bajo el doble lema del rigor y el rechazo a la ceguera dogmática y al sectarismo acogió ideas muy distintas entre si sobre todo lo relacionado con el pensamiento y la cultura. Este lugar de encuentro que ha sido para nosotros-colaboradores, lectores y amigos- “la revista” no puede entenderse si pasamos por alto que en estos años RdL se basó en el convencimiento según el cual, al tiempo que mantenía celosamente su independencia respecto a cualquier tipo de influencia interesada, como parte de la sociedad civil pregonaba la defensa y la difusión de valores expresados siempre como juicios rigurosos, razonados y libremente justificados.

Ese es el entramado de lo que hemos entendido siempre como cultura, con mayúsculas. Y acaso por ello confiamos que el peso de la razón convencerá a todos que aquélla es imprescindible para el mantenimiento de los valores que aseguran el progreso material y la convivencia pacifica que, cada vez más, nuestra sociedad necesitará hoy y en el futuro próximo.

José María Merino

La comisión organizadora de este encuentro me ha encomendado que tome la palabra en representación de todos quienes hemos colaborado en Revista de Libros, que acaba de concluir una larga y fecunda etapa de su vida -desde el número 0, que apareció en el mes de diciembre de 1996, hasta el número 180, dieciséis diciembres después- para describir de forma sintética lo que ha sido la revista a lo largo de todos estos años.

Me atrevo pues a asumir ese encargo claro y esta representación difusa, rogando a mis colegas de la crítica y el ensayo que han venido publicando sus trabajos en la revista, que sepan disculpar mi osadía.

Sin embargo, por los curiosos caminos de lo simbólico, desde el número 1 participé, con los amigos y también escritores Juan Pedro Aparicio y José María Guelbenzu, en una sección fija titulada, a partir del número 2, “La mirada del narrador”, de manera que acaso no sea absurdo que precisamente un narrador se ocupe de hacer un breve relato de este ciclo recién terminado, como aporte a una celebración ritual alrededor de quienes se han responsabilizado de asegurar la vida de la revista, durante todo este tiempo, con tanto fervor como sabiduría.

Vayamos pues al principio, al érase una vez.

Si repasamos los seis primeros números de Revista de Libros desde aquel número cero, veremos que en ellos se perfila lo que ya Álvaro Delgado-Gal había experimentado en otra revista similar, aunque con menos posibilidades de cumplir su ambición: lo que en esta nueva publicación, con el paso de los años y de los sucesivos números, cristalizaría en la extraordinaria personalidad que Revista de Libros ha llegado a tener.

Aquellos seis primeros números de Revista de Libros ofrecían artículos – ensayísticos, críticos- referentes a libros contemporáneos y clásicos de filosofía, economía, historia, arte, biología, lingüística, antropología, teoría política, física, sociología, derecho, arquitectura, música, ciencia, así como otros sobre semiótica y comunicación, relaciones internacionales, filosofía de la mente, estudios culturales, teoría de la mujer, además de biografías y literatura contemporánea –poesía y narrativa- de muy distintas procedencias: española, hispanoamericana, angloamericana, neerlandesa, británica, francesa, alemana, brasileña…

174 números después, resulta apabullante repasar la variedad de registros y facetas que Revista de Libros ha ido ofreciendo a lo largo de sus páginas, en todos los aspectos relacionados con la actividad científica, política, histórica, cultural y específicamente literaria, desde criterios muy rigurosos en cuanto a la búsqueda de la excelencia.

Por ceñirme a los seis últimos números, en justa simetría con mi alusión anterior, ¿cómo encontrar en el mundo hispánico de la información refinada, desde lo que tendríamos que denominar “expresión literaria consistente”, publicaciones que hayan ido ofreciendo tantos artículos a la vez sustanciosos, amplios y amenos sobre libros tan diversos?

En los últimos seis números se analizan libros sobre la historia de los intelectuales de la América Latina; la crisis financiera internacional, sus raíces sociales y la quiebra de los mercados; el momento convulso que vive el mundo árabe; las nuevas multinacionales; los problemas de la central nuclear de Fukushima; la fragmentación del poder europeo; la incidencia de internet en nuestras mentes; especulaciones de cara a lo políticamente correcto visto desde diferentes perspectivas internacionales; diversas aproximaciones al concepto de laicismo; jugosas memorias y biografías, y todo esto acompañado de repasos históricos, de la General Storia de Alfonso X el Sabio hasta los momentos previos a la Guerra Civil española desde muchos enfoques de los dos bandos, o el comportamiento del tercer Reich con los judíos y sus consecuencias, o los orígenes del arte contemporáneo, sin olvidar la presencia de muchos estudios, no solo sobre los principales libros de ficción y poesía que en lengua española a lo largo de este tiempo se han venido publicando, sino de muestras ejemplares de la literatura china, portuguesa, rusa, francesa o norteamericana.

Libros de toda clase y condición han sido pues los protagonistas, los personajes principales de un relato que ha desembocado en su desenlace dejando abiertas lo que pudiéramos llamar todas las posibilidades narrativas que contenía. Porque en esta hora conviene resaltar ese aspecto: el relato de Revista de Libros ha tenido una trama marcada por la diversidad incesante de contenidos, en un despliegue de generosa, ilimitada amplitud de curiosidad intelectual.

Además, Revista de Libros ha ofrecido densidad, profundidad y extensión en unos tiempos en los que la crítica, en sus aspectos más divulgativos de la producción editorial sobre ciencia, pensamiento, literatura y otras formas culturales, se viene refugiando en ciertas páginas, cada vez más escasas, de la prensa diaria o periódica, y se ve obligada, por las naturales restricciones del medio, a una brevedad que ha acabado generando una especie de temor a las reseñas extensas y a los estudios críticos de largo recorrido, como si tal tipo de trabajos solo pudiese tener su destino en las publicaciones técnicas o universitarias, ceñidas a ámbitos muy concretos y de difusión escasa y especializada.

En este aspecto, les aseguro que me siento muy orgulloso de haber colaborado en una especie de “revista-río” de amplia divulgación, en la que cada número venía cargado con cincuenta y cinco mil palabras, por lo menos.

Mas si la trama ha sido tan rica y diversa ¿qué decir de la voz y del punto de vista?. También en estos aspectos el relato de Revista de Libros ha estado marcado por la diversidad y por la pluralidad de enfoques analíticos y críticos, que han ido planteando en ella innumerables especulaciones ensayísticas. A mí me satisface especialmente que mi voz haya sido una parte diminuta de esa enorme voz formada por tantos estudiosos de la mayor cualificación en cada campo, lo que es fácil constatar si repasamos los casi dos centenares de nombres españoles y extranjeros que, en las diferentes materias y a lo largo de los números, han ido aportando a las páginas de la revista sus conocimientos, lucidez y capacidad de reflexión.

Otra característica de esa voz plural, de ese punto de vista múltiple, partió de una idea ambiciosa: la de que los contenidos deberían afrontarse, como así ha resultado, desde la extrema imparcialidad en el terreno de las opiniones, siempre que el texto aportado respondiese a la seriedad del pensamiento y la solidez en su formulación. En este sentido, tanto los libros seleccionados como quienes los han criticado y comentado, han ido ofreciendo un amplio abanico de diferentes concepciones e ideologías.

Y por lo que toca al principal destinatario del relato que a lo largo de estos años ha ido llevando a cabo Revista de Libros, no hay duda de que ha sido un lector avezado, pudiéramos decir “profesional”, con avidez de conocimiento de lo que en el mundo se va publicando y merece ser considerado, en los diferentes espacios del saber y de la creación; paradójicamente, en los momentos en que parece que gozamos de tantas facilidades informativas, a través sobre todo de la llamada red cibernética, resulta que nuestras posibilidades de conocer los aspectos más interesantes en el mundo de las publicaciones, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, no se corresponden con lo que ofrecen tales medios técnicos, pues es evidente que en ese campo no ordenan, ni siquiera esbozan, una información que necesita sobre todo sustentarse en un proceso meticuloso de búsqueda, selección y análisis.

Si conocemos cada día algo más del cosmos –aunque nuestra sabiduría sobre la auténtica realidad solamente haya desvelado menos del cinco por ciento del enigma- es gracias a unos observatorios dotados cada vez de mayor potencia, de medios más capaces. Revista de Libros ha sido uno de los pocos observatorios potentes y capaces de la cultura presentada en forma de libro que existen en el mundo, perfectamente comparable con las mejores revistas extranjeras de su mismo género, con la responsabilidad y el privilegio especiales de estar instalado en el territorio de la lengua española.

Su desaparición definitiva oscurecería de modo peligroso la contemplación de un universo que no deberíamos dejar de poder observar, para enriquecer nuestro conocimiento y con ello estar al tanto de ese panorama global de las más importantes publicaciones, necesaria para entender mejor cada parcela de la actividad cultural humana.

No olvidemos que esos lectores “profesionales” de los que antes hablé y que Revista de Libros ha tenido como especiales destinatarios, constituyen en nuestra sociedad un entramado de singular cualificación consciente, pertenecen a eso que se llama “liderazgo de opinión”, y todo lo que favorezca su más amplio y mejor acceso a los productos de la cultura, al conocimiento de su variedad y complejidad, será, en definitiva, más enriquecedor para la sociedad a la que pertenecemos, de la misma manera que será empobrecedor todo cuanto limite esas posibilidades de acceso.

Aunque ya sabemos que es solamente una etapa de la vida de la revista lo que se ha cerrado, si su suspensión hubiese sido definitiva nunca se podría intentar justificar en el contexto de la grave crisis económica que nos acosa, a no ser que exista la idea quimérica de que se puede salir de la crisis sin utilizar los recursos de la inteligencia, de la formación y del conocimiento. Hace pocas fechas, los medios de comunicación difundían la noticia de que España se encuentra en los últimos lugares de Europa en materia de innovación. Desde tal perspectiva, me atrevo a pensar que si la crisis hubiese podido afectar a la supervivencia de nuestra revista de forma tan drástica, ello abundaría en la denunciada inferioridad innovadora de los españoles.

Por eso en estas circunstancias no solo hay que aplaudir la aguda visión de quienes, en su momento, supieron encontrar la manera de apoyar y sostener este proyecto que cumple una etapa, sino los esfuerzos de quienes, con decisión imaginativa, van a hacer posible su mantenimiento en el campo de la comunicación.

Como es bien sabido, en el mundo de las empresas lo importante no es lanzar un producto al mercado, sino conseguir su consolidación como marca. En el caso de Revista de Libros, la marca está bien asentada tras tantos años, y en este período que se acaba de cerrar ha alcanzado un número importante de suscripciones fijas. Una suspensión que se alargase demasiado en el tiempo repercutiría muy negativamente en las posibilidades de ponerla de nuevo en funcionamiento, de igual forma que su desarticulación definitiva hubiera causado un daño irreparable a una parte muy sensible de nuestra información cultural.

Mas confiamos en que nuestra revista pueda emprender su nueva etapa lo antes posible, a través del soporte más adecuado, de manera que nuestro valioso y querido observatorio no deje de estar instalado en el territorio de la lengua española, explorando el universo de los libros, para permitir conocer mejor, a través de las diferentes ideas y formulaciones de todo tipo que los componen, el mundo en que vivimos y las señales de nuestro tiempo.

Por otra parte, hay algunos aspectos personales que voy a contarles, aprovechando esta ocasión, y es lo que Revista de Libros ha significado para mí en este ciclo en cuanto lector y escritor.

Después de tantos años de placentera colaboración, debo señalar que su lectura ha sido un nutriente mensual que siempre me ha llenado de enorme satisfacción, porque ha abierto en mí perspectivas inesperadas y múltiples en campos de la cultura que no me eran familiares. Además, he disfrutado de la forma de la revista, de esos textos largos que me invitaban a extensos paseos mentales y a interesantes y gustosas consideraciones, textos siempre adornados con pocas pero primorosas y muy bien escogidas ilustraciones, que aparte de apoyar el artículo correspondiente, han ido formando una admirable galería de fotografías, dibujos y grabados.

Confieso también que, cuando comencé a leer libros para reflejar en las páginas de la revista esa supuesta “mirada de narrador” que se me requería, no estaba seguro de que a un narrador hubiera que exigirle una teoría del oficio, y pensaba que le bastaba con escribir sus ficciones lo mejor posible, al margen de especulaciones teóricas. Pues bien, tras tantos años de lecturas encaminadas a una reflexión sobre ellas en las que la forma, la estructura, las conductas, la trama, tuviesen un papel destacado, resulta que he aprendido mucho sobre mi propio oficio, y ahora pienso lo contrario de lo que pensaba entonces: que con el paso de los años y la consideración detenida de los aspectos prácticos, concretos, de nuestro trabajo, todos deberíamos acabar teniendo una teoría sobre ello, por modesta que fuese.

Por eso me siento también muy orgulloso de mi labor crítica, y de haber sumado mis reflexiones sobre el quehacer literario a las del nutrido y sólido equipo de los ensayistas sobre materias tan diferentes que aquí nos reunimos.

Esta faceta de mi trabajo de escritor se la debo a Álvaro Delgado-Gal, que confió en mí para que escribiese en la revista. En lo que toca a su trabajo como director, creo que todos los colaboradores podemos dar testimonio de su entrega inteligente, incansable, eficaz. Junto a Álvaro, como inmediata colaboradora y persona con la que he mantenido una relación continua y cordial, gracias a su también permanente disposición atenta y dinámica, Amalia Iglesias. ¡Qué libros tan estupendos he leído gracias a ellos, qué patrimonio de deslumbrantes descubrimientos, lecturas y relecturas, me han permitido acopiar!

En el esfuerzo continuo de Álvaro, de Amalia, de Guillermo Solana, de Luis Gago, de Ada del Moral y de todos los demás colaboradores de un equipo de redacción magnífico, en su entusiasmo inagotable, se sustenta el logro de un instrumento cultural tan complejo como este, en el que para elaborar cada número ha sido necesario evaluar tantas alternativas editoriales, establecer continuos enlaces de una retícula complicada de críticos y estudiosos y recoger textos sin perder de vista en ningún momento el tema que, en cierto modo, ha servido en cada caso de especial referencia. Este encuentro, que es un homenaje a su labor, pretende solemnizar el final de esta etapa.

En nombre de todos cuantos hemos colaborado con quienes componen el equipo de dirección y redacción de Revista de Libros, y sin olvidar a quienes la apoyaron personal, material y económicamente desde la Fundación Caja Madrid, quiero manifestarles nuestro agradecimiento y felicitación por el gran resultado de su esfuerzo. Los 180 más 0 números de la revista señalan sin duda uno de los testimonios culturales memorables de nuestra época.

Y con esta afirmación incontrovertible, que sentimos todos vivamente, quiero transmitirles nuestro apoyo seguro, nuestra firme cercanía, y decirles que esperamos que esta larga y fecunda realidad tenga pronto una continuación fructífera, digna del período que se cierra, y que nosotros podamos seguir implicados, sea cual sea la forma, en el apasionante relato de Revista de Libros.

Álvaro Delgado Gal

Queridos amigos, amigos de la Revista de Libros, y amigos míos:

Hemos tenido suerte, y esta tarde no vamos a hacer un ejercicio de nostalgia. Vamos a celebrar una segunda encarnación de Revista de Libros, bajo los auspicios de la Fundación Caja Madrid, su patrocinador histórico. La revista en formato papel no podrá seguir existiendo por un tiempo. Pero habrá una revista online, de características muy distintas aunque emparentada con su antecesora en aspectos clave: se conserva la cabecera, se conserva el espíritu, se conservan los autores, se conserva la ambición ensayística, y os garantizo también, porque de eso me ocuparé como director, que se conservará el rigor. Está previsto que nos estrenemos en septiembre, con proyección parcial en el ABC Cultural. No insistiré en los detalles, que tengo en la cabeza pero que no han cobrado todavía forma definitiva. Adelanto que los ensayos serán largos – la versión para el ABC, necesariamente abreviada, remitirá a las páginas web de la revista-, y que habrá crítica cultural de eventos madrileños en música, teatro, y arte. A partir del 31 de marzo el ABC Cultural publicará dos artículos mensuales, de cuatro páginas cada uno, hechos por nosotros. Será una fase de transición, antes de que esté montado el tinglado online. Y ya no os cuento más. Agradezco el homenaje a la Revista que todos habéis conocido, unas cincuenta páginas en formato grande y letra pequeña, mes tras mes a lo largo de casi dieciséis años, y hago un poco de historia. Repito que no estamos

velando un cadáver. Hemos hecho una pausa, y durante las pausas, se habla. Se piensa en lo que se ha hecho, y en lo que queda por hacer. En esas estamos.

Merino os ha dicho una serie de cosas, y Raimundo, otras, y Seidman, otras. Es imposible que yo no repita algunas. La antecesora de Revista de Libros, “Libros” a secas, surgió por la iniciativa de un grupo de economistas, congregados en una tertulia conocida como la tertulia de “los Floristas”- en honor del político y economista liberal Álvaro Flórez Estrada- Linde y el jefe de la tertulia, Pedro García Ferrero, pensaron, más o menos a la vez, en hacer una revista española centrada en los libros, un poco al estilo de las anglosajonas –el modelo de Linde era la NYRB, el de Pedro, el TLS-. La revista se hizo en la oficina de Pedro, a cuya insistencia debo el haber sido director de

la revista. Araceli García Ríos, su hija mayor, fue la jefa de redacción. No había más plantilla. Y había poco dinero, el que habían puesto personas como Pedro, Óscar Leblanc, Raimundo, Pedro Schwartz, Juan Antonio García-Díez, Linde, Carbajo, Ángel Rojo, Ángel Viñas, y así hasta llegar a unos veinticinco. Pedro continuó financiándola sin decirme nada. Nos mantuvimos cuatro años, en condiciones difíciles. Araceli y yo éramos muy jóvenes. La Revista hubo de cerrarse y no pasó nada hasta el año 1996.

Lo que pasó entonces es que Alfredo Pérez de Armiñán, gerente, a la sazón, de la Fundación Caja Madrid, se empeñó, literalmente se empeñó, en apoyar un proyecto basado en el experimento de principios de los ochenta. Pero, ahora, con medios. Miguel Blesa nos ayudó siempre. Al irse Alfredo, Rafael Spottorno fue por completo decisivo para la buena marcha de la revista. Y gozamos siempre de la buena sombra de Pío Díaz de Tuesta. Tan veterana como yo en la conducción de la revista ha sido Amalia Iglesias, poeta excelente y jefa de redacción implacablemente eficaz en los pagos del periodismo

cultural. Tuvimos como primer editor a Guillermo Solana. Guillermo era un hacha como editor, pero lo suyo, como sabéis, es el arte. Lo substituyó, y ha estado con nosotros hasta ahora, Luis Gago, una pieza esencialísima en la vida de la revista, la cual se hizo siempre con la expertise técnica de Ediciones Turner.

De la revista pequeña, de “Libros” a secas, aprendí una cosa elemental pero determinante: y es que había que lanzar algo después de haberse formulado un proyecto nuevo, no intentar complacer al público ofreciéndole lo que ya estaba acostumbrado a recibir. “Libros” siguió esa política. Cerramos el tenderete contentos, porque habíamos hecho lo que queríamos hacer. En ningún momento experimentamos la amargura del comercial a quien han rechazado su producto en cinco descansillos sucesivos de la misma escalera. Habíamos apostado. No teníamos recursos para seguir apostando. Nos habían tumbado. Daba lo mismo: había sido una buena pelea.

La revista grande, “Revista de Libros”, ha seguido el mismo ejemplo, y, además, aquí estamos para contarlo. Añadiré solo dos cosas más. La primera reviste un carácter técnico, pero creo que cualquier editor apreciará que lo que voy a decir es fundamental. En mi opinión, la Revista ha ido ganando con los años. ¿Por qué? Porque habíamos conseguido una reserva de artículos sin publicar muy grande. En diciembre del 2011, el material en nuestra mano habría dado para cuatro números más, contando por lo bajo. Esta ventaja marginal, por llamarla de alguna manera, se obtuvo lentamente, por el procedimiento de encargar cada mes algo más de lo que podía publicarse de forma inmediata. Disponer de una despensa bien surtida, permitía pensar bien los números; le concedía a Luis Gago holgura para un trabajo cuidado de edición; y a Amalia tiempo para localizar, perseguir, y persuadir a nuevos colaboradores. Sin intendencia, no hay buenas revistas, como no hay buenos ejércitos.

El otro punto es cultural, pero todavía más que cultural, yo diría que es moral. Se ha hablado del pluralismo de la revista, del hecho de que han escrito en ella personas de vocación ideológica muy distinta. Ha ocurrido lo mismo con el comité organizador: los que han prestado en él su ayuda son gente de gran importancia profesional pero de ideas políticas muy diversas. Nunca les he preguntado qué votan. Pero sospecho que no votan lo mismo. ¿Cómo logramos que convivieran a gusto, en un mismo ámbito, gentes con inclinaciones tan plurales? Existe un secreto cuya cara visible es una edición escrupulosa: nunca hemos admitido venganzas, ni halagos, ni hemos dejado que pasaran la aduana textos incoherentes, o no argumentados, o donde la pasión partidaria estuviera clara, y su fundamento intelectual, oscuro. Esto costó más al principio que más tarde. Cuando se logra una masa crítica buena, lo demás viene rodado. El caso es que si un artículo es honrado, expone argumentos, y está bien escrito, ese artículo será leído con gusto también por quienes no están de acuerdo con lo que piensa el autor. El secreto del pluralismo no está en la táctica que se sigue en algunos platós de televisión: yuxtaponer sectarismos. El secreto está en que hablen personas bien educadas. Esto es el liberalismo, según nosotros lo entendemos.

Concluyo. Nos han ocurrido cosas muy gratas. Hemos tenido un Premio Nacional, y conseguido un fondo de suscriptores único en una revista española de pensamiento. En Washington, hará cosa de cinco años, Juan Romero de Terreros preparó para nosotros una presentación de la revista a la que fue mucha gente notoria y que acabó en una cena estupenda. De ahí salieron contactos fructíferos con las universidades americanas más señaladas, muy bien trabajadas por Iría Álvarez, responsable de la edición online. Pero lo que más me alegra, más incluso que la supervivencia del proyecto en sí, es que se va a conservar, alrededor de éste, una sociedad literaria rica y de textura densa, en la que se entrelazan muchos hilos, como en ciertas telas buenas. Yo creo que esto es importante, a efectos, incluso, civiles. Atravesamos tiempos de penuria, y era necesario adaptar el organismo que es la revista a un entorno más flaco en recursos. Hacen lo mismo los animales: su metabolismo se corrige en invierno. Pero luego llega, otra vez, el buen tiempo. Nada excluye que en un futuro, un futuro para pasado mañana, volvamos al papel. O a un medio que ahora no imaginamos. Lo importante es seguir juntos, y hacerlo bien. Es de justicia reiterar que el proyecto sigue materialmente vivo gracias al apoyo continuado de la Fundación Caja Madrid.

GÓMEZ MENDOZA, J.: “Construcción y deconstrucción del paisaje español”, Revista de Libros, 132, 2007 (Ver enlace)

GÓMEZ MENDOZA, Josefina: “El Príncipe de los viajeros y España” (a propósito del bicentenario del viaje de Humboldt a América), Revista de Libros. nº 39, 28-32 pp (Ver enlace)

GÓMEZ MENDOZA, Josefina: “Ordenación territorial y felicidad ciudadana: dos siglos de división provincial” (A propósito de libro de Burgueño, Jesús: Geografía política de la España constitucional: dos siglos de división provincial, 1996.) Revista de Libros, nº 16, abril 1998, 6-10 (Ver enlace)

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